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Síndrome de Capgras: cuando un ser querido parece haber sido reemplazado por un impostor

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© Irina Kharchenko | Dreamstime.com

Imagine mirar a su madre, pareja o hermano y reconocer perfectamente su rostro. Tiene la misma voz, los mismos gestos y los mismos recuerdos. Todo indica que es la persona que conoce desde hace años.

Pero algo se siente profundamente incorrecto.

La conclusión que aparece en la mente no es simplemente “esta persona está diferente”. Es mucho más desconcertante: se parece exactamente a mi familiar, pero no es realmente él o ella.

Esta extraña alteración de la percepción se conoce como síndrome de Capgras, una condición poco frecuente que demuestra que reconocer a alguien implica mucho más que identificar correctamente su rostro.

Reconocer una cara no siempre significa sentir que es familiar

El síndrome de Capgras pertenece a un grupo de condiciones conocidas como síndromes de identificación errónea delirante.

La persona puede reconocer visualmente a alguien cercano y, al mismo tiempo, estar convencida de que ha sido reemplazada por un doble o impostor.

El fenómeno fue descrito formalmente en 1923 por los psiquiatras franceses Joseph Capgras y Jean Reboul-Lachaux. Su paciente creía que distintas personas de su vida habían sido sustituidas por dobles idénticos.

Desde entonces se han documentado casos con características similares en diferentes contextos médicos y psiquiátricos.

El delirio suele involucrar a familiares o personas emocionalmente importantes, aunque también puede extenderse a otras personas e incluso, en algunos casos, a lugares u objetos familiares.

Una posible desconexión dentro del cerebro

Una de las explicaciones más fascinantes del síndrome de Capgras parte de cómo el cerebro procesa los rostros.

Cuando vemos a alguien conocido, ocurren varios procesos casi simultáneamente. El cerebro identifica las características de su rostro, pero también genera una respuesta automática relacionada con la familiaridad y el vínculo emocional.

Normalmente jamás pensamos en esa segunda reacción. Simplemente vemos a nuestra madre y sentimos que estamos viendo a nuestra madre.

En Capgras, algunos investigadores proponen que el sistema encargado de reconocer visualmente el rostro continúa funcionando, mientras la conexión con los sistemas que generan esa respuesta emocional de familiaridad está alterada.

El resultado sería una contradicción extraordinaria.

El cerebro piensa: “Este rostro corresponde a mi esposa”.

Pero falta la sensación automática que debería acompañarlo: “Esta es mi esposa”.

Ante esa incompatibilidad, la mente puede construir una explicación: alguien idéntico ha ocupado su lugar.

Una pista sorprendente en la respuesta del cuerpo

Esta hipótesis ha recibido apoyo de experimentos que miden respuestas fisiológicas involuntarias.

En personas sin Capgras, observar fotografías de rostros familiares puede producir cambios automáticos en la conductancia eléctrica de la piel, una señal de activación del sistema nervioso autónomo.

Algunos pacientes con Capgras muestran una respuesta reducida o ausente ante rostros que deberían resultarles emocionalmente familiares.

Es especialmente interesante porque existe otro trastorno neurológico que parece presentar casi el patrón contrario.

Personas con prosopagnosia, conocida popularmente como “ceguera facial”, pueden ser incapaces de reconocer conscientemente un rostro familiar. Sin embargo, en ciertos casos su cuerpo todavía produce una respuesta fisiológica diferente cuando observa a alguien conocido.

La comparación ha ayudado a los científicos a comprender que identificar visualmente un rostro y experimentar su familiaridad emocional pueden depender de procesos parcialmente diferentes.

No existe una sola causa

El síndrome de Capgras no debe entenderse como una enfermedad con una única causa.

Se ha observado en personas con esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, pero también puede aparecer junto con enfermedades neurológicas.

Se han documentado casos asociados con enfermedad de Alzheimer y otras demencias, enfermedad de Parkinson, epilepsia, accidentes cerebrovasculares y lesiones cerebrales.

Por eso, cuando este tipo de delirio aparece repentinamente, especialmente en una persona mayor o alguien sin antecedentes psiquiátricos, requiere una evaluación médica. El objetivo no es únicamente tratar la creencia delirante, sino investigar si existe una condición neurológica o médica detrás del cambio.

La persona no está fingiendo

Desde fuera, la creencia puede parecer imposible de comprender.

Mostrar fotografías, documentos o recuerdos compartidos probablemente parezca una manera lógica de demostrar que el supuesto “impostor” es realmente el familiar.

Pero el problema no suele ser falta de información.

La persona puede aceptar que el rostro es idéntico y conocer perfectamente quién se supone que está frente a ella. El delirio surge precisamente porque esa información entra en conflicto con su experiencia interna.

Para quien padece Capgras, la sensación puede resultar completamente convincente.

En algunos casos puede generar miedo, ansiedad, desconfianza o rechazo hacia la persona que considera un sustituto. Por esa razón, la condición requiere atención profesional y un manejo cuidadoso, especialmente si aparecen agitación o conductas potencialmente peligrosas.

¿Tiene tratamiento?

El tratamiento depende en gran medida de la causa.

No existe una terapia única diseñada específicamente para todos los casos de Capgras. Los médicos pueden tratar una enfermedad neurológica subyacente, ajustar medicamentos o utilizar tratamientos para síntomas psicóticos cuando corresponde.

También es importante la manera en que familiares y cuidadores responden.

Una confrontación constante intentando demostrar que el delirio es falso puede aumentar la angustia. Las estrategias suelen concentrarse en mantener la seguridad, reducir la ansiedad y responder a la emoción de la persona sin reforzar necesariamente la creencia del impostor.

Cuando reconocer no es suficiente

El síndrome de Capgras resulta inquietante porque altera algo que normalmente damos por sentado: la certeza de saber quiénes son las personas que amamos.

Pero también ofrece una ventana extraordinaria hacia el funcionamiento del cerebro.

Reconocer a alguien no parece depender únicamente de comparar ojos, nariz y boca con una imagen almacenada en la memoria. Existe también una sensación de familiaridad que acompaña ese reconocimiento y que normalmente funciona de manera tan automática que ni siquiera sabemos que está ahí.

Cuando esos dos sistemas dejan de coincidir, el cerebro puede intentar explicar la contradicción de una manera sorprendente.

El rostro sigue siendo conocido. Los recuerdos continúan ahí.

Lo que desaparece es esa pequeña señal interna que dice: esta persona es realmente alguien mío.

El Especialito

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