Pocas películas consiguen cambiar por completo frente a los ojos del espectador. El documental Dear Zachary comienza como un homenaje íntimo entre amigos y termina convertido en una de las historias más devastadoras del cine documental.
Todo empezó con Andrew Bagby, un médico residente de 28 años descrito por quienes lo conocían como una persona brillante, divertida y profundamente querida. En noviembre de 2001 fue asesinado en un parque de Pensilvania poco después de terminar su relación con otra médica, Shirley Turner.
Turner huyó inmediatamente a Terranova, Canadá, antes de ser arrestada. Poco después anunció que estaba embarazada del hijo de Andrew. El bebé recibiría el nombre de Zachary.
Para Kurt Kuenne, amigo de Andrew desde la infancia, la noticia fue insoportable. Decidió recorrer Estados Unidos y Canadá entrevistando a familiares, amigos, compañeros de universidad y colegas de Andrew. Su intención era sencilla: crear una especie de carta audiovisual para que Zachary pudiera conocer al padre que nunca tendría la oportunidad de conocer.
Ese era el documental que pensaba hacer.
Mientras Kuenne reunía testimonios, la realidad siguió avanzando.
Los padres de Andrew, David y Kathleen Bagby, dejaron atrás su vida y se mudaron a Canadá para luchar por la custodia de su nieto. A pesar de que Turner era la principal sospechosa del asesinato de su hijo, permanecía en libertad bajo fianza mientras enfrentaba un proceso de extradición hacia Estados Unidos.
La situación era casi imposible de imaginar. Para poder ver a Zachary, los Bagby debían mantener una relación cordial con la mujer a la que consideraban responsable de haber asesinado a su único hijo.
El documental, sin proponérselo, dejó de ser un recuerdo familiar para convertirse en el registro de una batalla judicial que se desarrollaba en tiempo real.
Entonces ocurrió una segunda tragedia.
En agosto de 2003, mientras todavía estaba en libertad bajo fianza, Shirley Turner llevó a Zachary, de apenas 13 meses, hasta la costa de Terranova y saltó con él al océano Atlántico. Ambos murieron ahogados.
La película cambió para siempre.
Kuenne decidió conservar la historia completa, incluyendo el giro devastador que jamás imaginó filmar. El resultado fue un documental que no solo recordaba quién había sido Andrew Bagby, sino que también cuestionaba cómo un sistema judicial permitió que un niño permaneciera bajo el cuidado de una persona acusada de asesinato.
Tras su estreno en 2008, Dear Zachary recibió elogios casi unánimes por su honestidad y su enorme impacto emocional. Además de conmover al público, la historia alimentó un intenso debate en Canadá sobre la libertad bajo fianza y la protección de menores cuando uno de sus padres enfrenta cargos por delitos violentos.
El caso inspiró el proyecto conocido como “Zachary’s Bill”, aunque esa iniciativa legislativa específica no llegó a convertirse en ley. No obstante, la presión pública generada por el caso contribuyó a reformas posteriores que reforzaron la protección de los menores dentro del sistema judicial canadiense.
Kurt Kuenne también decidió que la película sirviera para algo más que contar una historia. Los ingresos obtenidos por el documental fueron destinados a becas creadas en memoria de Andrew y Zachary Bagby.
El documental Dear Zachary suele aparecer en las listas de las películas más tristes jamás realizadas. Pero reducirlo a eso sería injusto.
Es, ante todo, la historia de un amigo que quiso asegurarse de que un niño conociera a su padre. Y también el testimonio de cómo un acto de amor terminó convirtiéndose, por circunstancias inimaginables, en uno de los documentales más impactantes y dolorosos de la historia del cine.