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Del autogol de Andrés Escobar a las amenazas contra Jaminton Campaz: cuando el fútbol cruza la línea del odio

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Un penal fallado. Un gol que no entró. Un partido perdido. En el fútbol, estos momentos suelen quedar como simples estadísticas. Sin embargo, para Colombia, un error en un Mundial puede convertirse en algo mucho más peligroso.

Las recientes amenazas de muerte contra Jaminton Campaz tras la eliminación de Colombia en los octavos de final del Mundial 2026 han despertado un doloroso recuerdo que el país nunca ha logrado dejar atrás: el asesinato de Andrés Escobar después del Mundial de Estados Unidos 1994.

Campaz fue blanco de una ola de mensajes violentos luego de fallar una clara oportunidad de gol en el tiempo suplementario frente a Suiza y errar uno de los penales en la definición que dejó a Colombia fuera del torneo. Las amenazas no solo estuvieron dirigidas contra el futbolista, sino también contra su familia, incluida su hija.

El mediocampista rompió el silencio con un mensaje contundente: “Ninguna pasión justifica el odio ni vivir con miedo.” Mientras tanto, la Federación Colombiana de Fútbol condenó públicamente las intimidaciones y solicitó a las autoridades investigar a los responsables.

Pero el temor que generó este episodio tiene un antecedente muy real.

Hace 32 años, Andrés Escobar regresó a Medellín después de disputar el Mundial de 1994. Durante el partido contra Estados Unidos, el defensor marcó accidentalmente un autogol que contribuyó a la eliminación de Colombia, una selección que llegaba como una de las favoritas del torneo.

Diez días después, la madrugada del 2 de julio de 1994, Escobar salió de un restaurante y fue confrontado en un estacionamiento por varios hombres vinculados al crimen organizado. Durante la discusión, Humberto Muñoz Castro le disparó seis veces con un revólver calibre .38.

Según numerosos testigos y el proceso judicial, el atacante gritó “¡Gol!” después de cada disparo, burlándose del error cometido durante el Mundial.

El asesinato conmocionó al planeta y quedó marcado como uno de los episodios más oscuros en la historia del deporte. Aunque el crimen estuvo relacionado con un complejo contexto de violencia, narcotráfico y apuestas ilegales que vivía Colombia en aquella época, el autogol de Escobar terminó convirtiéndose en el símbolo de una tragedia nacional.

Muñoz Castro fue condenado inicialmente a 43 años de prisión, aunque finalmente recuperó la libertad tras cumplir alrededor de 11 años gracias a reducciones de pena contempladas por la legislación colombiana de entonces.

Las circunstancias actuales son muy diferentes a las de 1994. No existen indicios de que las amenazas contra Campaz estén relacionadas con organizaciones criminales como ocurrió en el caso de Escobar. Sin embargo, el simple hecho de que un futbolista colombiano vuelva a recibir amenazas de muerte por un error deportivo resulta profundamente inquietante.

Las redes sociales han amplificado un fenómeno que antes quedaba limitado a los estadios. Hoy, un jugador puede recibir miles de mensajes de odio en cuestión de minutos, convirtiendo una derrota deportiva en una crisis personal y familiar.

La historia de Andrés Escobar y Jaminton Campaz demuestra que el fútbol puede despertar las emociones más intensas, pero también sirve como recordatorio de que ningún resultado justifica la violencia.

Porque un Mundial debería dejar recuerdos de goles, celebraciones y hazañas deportivas. Nunca el miedo de un jugador a regresar a casa.

El Especialito

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