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Los leones de Tsavo: los devoradores de hombres que paralizaron la construcción de un ferrocarril

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El primero de los dos leones devoradores de personas de Tsavo (FMNH 23970) abatidos por el teniente coronel Patterson. Autor: Field Museum. Vía Wikimedia Commons.

Durante nueve meses de 1898, dos leones machos convirtieron la construcción de un puente ferroviario en Kenia en una lucha diaria por sobrevivir. Entraban de noche en los campamentos, atravesaban cercas de espinas y arrastraban a trabajadores fuera de sus tiendas.

La historia de los leones devoradores de hombres de Tsavo se volvió tan famosa que terminó inspirando libros y películas. Sin embargo, investigaciones realizadas más de un siglo después demostraron que algunos detalles fueron exagerados y que la realidad era más compleja que la leyenda.

Los ataques comenzaron mientras trabajadores construían un puente sobre el río Tsavo como parte del ferrocarril que conectaría el interior de África Oriental con la costa. La obra estaba dirigida por John Henry Patterson, un oficial e ingeniero británico.

Los leones eran machos y prácticamente no tenían melena, una característica común entre ciertos ejemplares de la región de Tsavo. Durante meses aparecieron en los campamentos, atacaron a trabajadores y provocaron que muchos abandonaran temporalmente la construcción.

Patterson colocó trampas, organizó guardias y pasó numerosas noches esperando a los animales. Finalmente mató al primero el 9 de diciembre de 1898 y al segundo unas semanas después, el 29 de diciembre.

Posteriormente relató la experiencia en su libro The Man-Eaters of Tsavo. Allí aseguró que los animales habían matado a 135 personas, incluidos trabajadores ferroviarios y habitantes de la zona.

La cifra se convirtió en parte central de la leyenda, pero nunca pudo comprobarse por completo. Los registros ferroviarios documentaron 28 trabajadores contratados muertos por ataques de leones. También pudieron morir trabajadores africanos y otras personas que no aparecieron en esos documentos, por lo que el número total sigue siendo incierto.

En 2009, investigadores analizaron isótopos presentes en el pelo y los huesos de ambos animales. Esas señales químicas permitieron estimar qué proporción de su alimentación había procedido de seres humanos.

El estudio concluyó que los dos leones probablemente consumieron partes de aproximadamente 35 personas durante los meses anteriores a su muerte. Uno habría comido el equivalente a unas 24 víctimas y el otro alrededor de 11. La cifra no representa necesariamente el número exacto de personas asesinadas, ya que los animales pudieron compartir cuerpos o no consumir por completo a todas sus víctimas.

La investigación también reveló una diferencia importante entre los dos depredadores. El león que había consumido más carne humana tenía un canino inferior roto, una infección profunda en la raíz y la pérdida de varios incisivos.

Esa lesión probablemente le causaba dolor y dificultaba que sujetara animales grandes como cebras o ñus. Los leones suelen usar los dientes y las mandíbulas para controlar y asfixiar presas fuertes. Una persona desarmada y dormida dentro de una tienda representaba un objetivo considerablemente más fácil.

El segundo león tenía un diente carnicero fracturado y la pulpa expuesta, pero no presentaba la misma infección grave. Los investigadores creen que pudo comenzar a consumir humanos al compartir las presas obtenidas por su compañero, comportamiento normal entre leones que forman una coalición.

Los análisis microscópicos de los dientes también contradijeron uno de los relatos más macabros de Patterson. Él afirmó haber escuchado a los leones triturar huesos humanos durante la noche. Sin embargo, el desgaste dental no mostraba señales de un consumo intenso de huesos. Sus dientes se parecían más a los de leones alimentados con carne blanda que a los de animales especializados en quebrar esqueletos.

La región también atravesaba condiciones difíciles. Una epidemia de peste bovina había reducido las poblaciones de algunos animales silvestres, mientras una sequía pudo limitar aún más las presas disponibles. Los campamentos ferroviarios reunían a cientos de personas que dormían en refugios vulnerables. Para un depredador herido, aquello era una oportunidad difícil de ignorar.

Patterson conservó las pieles y los cráneos como trofeos. A mediados de la década de 1920 los vendió al Field Museum de Chicago, donde las pieles, que habían sido utilizadas como alfombras, fueron reconstruidas y montadas sobre cuerpos artificiales. Los leones continúan expuestos junto a sus cráneos.

Más de un siglo después, incluso se recuperó ADN de pelos incrustados entre sus dientes. El análisis confirmó restos de seres humanos y de varias presas africanas, entre ellas jirafas, cebras, ñus y antílopes acuáticos. La ciencia terminó encontrando dentro de sus mandíbulas una especie de archivo biológico de sus últimas comidas.

Los leones devoradores de hombres de Tsavo probablemente no mataron a 135 personas, ni ambos estaban completamente incapacitados para cazar. Pero tampoco fueron una simple invención de Patterson. Durante meses atacaron repetidamente a seres humanos, paralizaron una importante obra ferroviaria y obligaron a cientos de trabajadores a vivir sabiendo que, al caer la noche, una tienda de campaña podía convertirse en una trampa.

El Especialito

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