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Genes y ambiente guían el viaje de miles de kilómetros del papamoscas

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Imagen de un papamoscas cerrojillo. Crédito: David Ochoa

Un viaje solitario con instrucciones invisibles

Cada año, millones de aves migratorias cruzan continentes sin mapas, sin guía adulta y, en muchos casos, durante la noche. El papamoscas cerrojillo es uno de esos viajeros: pesa apenas unos doce gramos, pero puede recorrer hasta 13.000 kilómetros desde sus áreas de reproducción en Europa hasta sus zonas de invernada en África.

Un nuevo estudio internacional ayuda a explicar cómo lo logra. La investigación, liderada por Koosje Lamers, de la Universidad de Groningen, con participación de científicos de la Estación Biológica de Doñana del CSIC, concluye que tanto los genes como el ambiente en el que crecen estas aves influyen en su ruta migratoria y en el lugar donde pasan el invierno.

El hallazgo aporta una de las primeras pruebas experimentales sobre cómo las aves migratorias seleccionan sus destinos invernales cuando no aprenden el camino de sus padres ni de otros individuos.

De España a Siberia, una ruta sorprendente

El equipo colocó geolocalizadores a papamoscas cerrojillos de ocho poblaciones reproductoras, desde España hasta Siberia occidental. Cuando las aves regresaron a sus zonas de cría tras la migración anual, los científicos recuperaron los dispositivos y reconstruyeron sus recorridos.

Los datos revelaron un patrón inesperado. Todas las poblaciones convergían en la península ibérica durante la migración otoñal. Después descendían por la costa occidental africana y, tras una parada prolongada, realizaban un vuelo ininterrumpido de unas treinta horas hasta el extremo occidental de África.

Desde allí, se desplazaban hacia el este para ocupar distintas zonas de invernada. Los papamoscas españoles se establecían en Senegal y regiones cercanas, mientras que los siberianos continuaban hasta la República Centroafricana después de recorrer casi 13.000 kilómetros.

La ruta llama la atención porque no es la más corta. Un trayecto directo por el Mediterráneo oriental reduciría el viaje en unos 4.500 kilómetros. Sin embargo, estas aves siguen pasando por España. Para los investigadores, ese desvío podría ser un vestigio evolutivo de una época en la que la especie estaba más restringida al oeste de Europa y África.

Un experimento entre Países Bajos y Suecia

Para entender qué determina estos viajes, el equipo realizó un experimento de cinco años. Trasladó huevos de papamoscas neerlandeses a nidos suecos situados a unos 500 kilómetros de distancia. Allí fueron incubados y criados por progenitores locales.

Los polluelos fueron marcados con geolocalizadores antes de iniciar su primera migración. Además, los investigadores estudiaron ejemplares nacidos en Suecia con ascendencia mixta, producto de cruces naturales entre papamoscas de ambas poblaciones.

Los resultados fueron claros. Los papamoscas neerlandeses pasaban el invierno unos 500 kilómetros más al este que los suecos. En cambio, las aves neerlandesas criadas en Suecia se establecieron en posiciones intermedias. Los ejemplares con ascendencia mixta ocuparon zonas aún más cercanas a las de la población sueca.

Eso demuestra que el destino invernal no depende de un solo factor. La genética influye, pero el ambiente de crianza también modifica el resultado final.

El calendario migratorio puede estar heredado

El estudio sugiere que lo codificado genéticamente no es necesariamente una ruta exacta, sino la duración del programa migratorio. En otras palabras, las aves podrían heredar cuánto tiempo deben viajar, más que un mapa detallado del camino.

Esta diferencia es clave. Los papamoscas de los Países Bajos se reproducen y migran antes porque viven más al sur. Las aves de Suecia, en cambio, migran más tarde debido a un verano más corto y retrasado.

Así, la ascendencia genética marca aspectos temporales importantes, mientras que el ambiente en el que crece cada individuo ajusta su destino final. Esa combinación ayuda a explicar por qué aves de una misma especie pueden terminar en regiones africanas distintas.

Por qué importa ante el cambio climático

La investigación también muestra que las áreas de invernada quedan establecidas desde la primera migración otoñal. Después, las aves tienden a regresar a las mismas regiones año tras año.

Ese dato tiene implicaciones importantes. El lugar donde un ave pasa el invierno condiciona cuándo inicia el regreso y, por tanto, cuándo llega a su zona de reproducción. En un planeta que se calienta rápidamente, esa sincronización puede decidir si encuentra alimento suficiente para criar con éxito.

Carlos Camacho, investigador de la Estación Biológica de Doñana y coautor del trabajo, señaló que entender la conexión entre zonas de cría e invernada permitirá predecir mejor la capacidad de adaptación de las especies migratorias ante los cambios ambientales.

El papamoscas cerrojillo, frecuente en España durante la reproducción y los pasos migratorios, se convierte así en una pequeña pieza clave para comprender un problema mucho mayor. Su viaje muestra que la migración no es solo instinto ni solo experiencia. Es una mezcla delicada de herencia, entorno y tiempo, justo los elementos que el cambio climático está alterando con más rapidez.

El Especialito

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