Las garrapatas prehistóricas ya se aferraban a animales mucho antes de que existieran los seres humanos. Fósiles preservados en ámbar muestran que estos arácnidos vivían hace aproximadamente 100 millones de años, cuando los dinosaurios todavía dominaban el planeta.
Algunos ejemplares fosilizados fueron encontrados junto a plumas atribuidas a dinosaurios del Cretácico. Ese descubrimiento indica que las garrapatas ya mantenían relaciones parasitarias con animales emplumados, aunque los fósiles no siempre permiten confirmar qué especie sirvió como huésped o si el parásito estaba alimentándose al quedar atrapado.
Su supervivencia durante millones de años no se debe a la velocidad ni a la fuerza. Las garrapatas dependen de una estrategia mucho menos espectacular: conservar energía y esperar.
Muchas especies suben a hierbas, hojas o arbustos y permanecen inmóviles con las patas delanteras extendidas. Este comportamiento se conoce como “questing”. Desde esa posición pueden detectar señales producidas por un animal cercano, entre ellas el dióxido de carbono de la respiración, el calor corporal, las vibraciones y determinados olores.
Cuando una persona o un animal roza la vegetación, la garrapata se sujeta al cuerpo. No salta ni vuela, pese a lo que algunas personas imaginan. Simplemente espera en el lugar correcto hasta que aparece un transporte involuntario.
Su organismo también está diseñado para soportar largos periodos sin alimento. Las garrapatas tienen un metabolismo lento y una cubierta externa que ayuda a limitar la pérdida de agua. Algunas especies pueden entrar en estados de actividad reducida mientras esperan una nueva oportunidad para alimentarse.
Uno de los casos más extraordinarios fue documentado con la garrapata blanda africana Argas brumpti. Varios ejemplares recogidos en Kenia y mantenidos en condiciones controladas sobrevivieron hasta 27 años. Dos de los individuos originales permanecieron vivos desde 1976 hasta 2003.
Durante el experimento, algunas hembras pasaron aproximadamente ocho años sin recibir sangre. Después de ese periodo pudieron alimentarse nuevamente. Una de ellas incluso produjo huevos años después de la muerte del último macho, probablemente gracias a la conservación prolongada de esperma. La especie convirtió una larga espera en algo parecido a un estilo de vida.
Sin embargo, este récord pertenece a una especie de garrapata blanda bajo condiciones de laboratorio. No significa que todas las garrapatas comunes sobrevivan durante décadas. La duración de su vida y el tiempo que pueden pasar sin alimentarse varían considerablemente según la especie, la humedad y la temperatura.
El clima también influye en su distribución. Los inviernos más suaves pueden permitir que sobrevivan más ejemplares, mientras las temporadas cálidas más largas amplían el periodo durante el cual permanecen activas. El aumento de las temperaturas también puede favorecer su llegada a regiones que antes eran demasiado frías.
Este fenómeno puede aumentar el riesgo de enfermedades transmitidas por garrapatas, incluida la enfermedad de Lyme. Pero los científicos advierten que el clima no actúa solo. Las poblaciones de venados, roedores y otros huéspedes, la fragmentación de los bosques, el desarrollo urbano y la cantidad de personas expuestas también afectan el número de casos.
Las garrapatas prehistóricas sobrevivieron a cambios climáticos, extinciones y transformaciones completas del planeta. No necesitaron evolucionar hasta convertirse en depredadores impresionantes. Les bastó con aprender a no gastar energía, no secarse y esperar pacientemente a que alguien pasara demasiado cerca.