Salah es el gran nombre que condiciona el duelo entre Australia y Egipto por los dieciseisavos de final del Mundial 2026. El partido se jugará este viernes en el AT&T Stadium de Arlington, en un cruce que no acapara tantos reflectores como otros de la ronda, pero que tiene el mismo peso: ganar o volver a casa.
La gran incógnita está en el estado físico de Mohamed Salah. El capitán egipcio sufrió molestias musculares en los isquiotibiales durante el partido ante Irán y se perdió más de media hora de ese encuentro. Aunque regresó a los entrenamientos el martes, su disponibilidad real sigue siendo una de las preguntas más importantes para el equipo de Hossam Hassan.
Egipto depende mucho de lo que pueda producir Salah en ataque. Aunque se encuentra en la parte final de su carrera, el delantero sigue siendo la figura diferencial de los Faraones, especialmente en un equipo que no ha encontrado regularidad goleadora en Omar Marmoush. El atacante, incluso, fue relegado al banquillo en el partido contra Irán, una señal de que el cuerpo técnico todavía busca respuestas ofensivas.
La decisión de Hassan será clave. Salah podría jugar desde el inicio si está en condiciones, pero también existe la posibilidad de reservarlo para la segunda parte, dependiendo del desarrollo del encuentro. En un partido de eliminación directa, manejar su físico puede ser tan importante como aprovechar su talento.
Australia llega con otro tipo de argumentos. La selección dirigida por Tony Popovic fue una de las plantillas más jóvenes de la fase de grupos y ha construido su identidad sobre la disciplina, el despliegue físico y el orden táctico. Con ese plan, los Socceroos vencieron a Turquía por 2-0, empataron sin goles ante Paraguay y perdieron 2-0 frente a Estados Unidos.
El equipo australiano intentará llevar el partido a un terreno incómodo para Egipto. Su estrategia puede pasar por defender con orden, limitar errores, salir rápido al contragolpe y hacer largo el encuentro. Si logra sostener el empate o un marcador corto durante muchos minutos, la presión podría trasladarse a los Faraones.
Egipto, por su parte, carga con una historia curiosa en los Mundiales. Fue el primer país africano en participar en una Copa del Mundo, en Italia 1934, pero tuvo que esperar 92 años para conseguir su primera victoria mundialista, lograda este torneo ante Nueva Zelanda por 3-1. Ahora busca dar otro paso y meterse entre los 16 mejores.
Australia también tiene una motivación continental. Desde que se incorporó a la Confederación Asiática en 2006, los Socceroos han buscado elevar su nivel competitivo. En este Mundial son el último representante de la AFC que sigue en carrera, tras las eliminaciones de Japón, Corea del Sur, Uzbekistán, Catar, Irán, Irak y Arabia Saudita.
El cruce puede no tener el brillo mediático de otros partidos, pero sí tiene tensión real. Australia quiere sostener su crecimiento con una nueva victoria en fase eliminatoria. Egipto quiere confirmar que su regreso a una ronda decisiva no es casualidad y que puede competir incluso si Salah no llega al cien por ciento.
El ganador se enfrentará el 7 de julio en Atlanta al vencedor del duelo entre Argentina y Cabo Verde. Eso añade otro incentivo: seguir vivo puede significar un cruce enorme ante el campeón vigente o ante la gran sorpresa del torneo.
En Arlington, todo apunta a un partido cerrado, físico y lleno de nervios. Australia tiene juventud, orden y piernas. Egipto tiene experiencia, urgencia y una pregunta gigante sobre su capitán. Si Salah está bien, cambia el partido. Si no lo está, los Faraones necesitarán encontrar respuestas en otro lugar.