Cuando alguien imagina una sirena, probablemente piensa en una mujer hermosa con cola de pez nadando entre las olas. Sin embargo, las sirenas de La Odisea no fueron descritas de esa manera. Homero ni siquiera explicó cómo lucían.
En el poema, las sirenas aparecen como criaturas peligrosas que permanecen en un prado rodeado por huesos humanos y restos de marineros muertos. No persiguen embarcaciones, no atacan con garras y tampoco arrastran directamente a sus víctimas al agua. Su arma es la voz.
Circe advierte a Odiseo que cualquier hombre que escuche su canto perderá la oportunidad de regresar con su esposa y sus hijos. Los navegantes se sienten obligados a acercarse, quedan atrapados por la promesa de las criaturas y nunca vuelven a salir de aquel lugar.
El peligro no está solamente en la belleza de la canción. Las sirenas ofrecen algo mucho más difícil de rechazar: conocimiento.
Cuando el barco se aproxima, ellas reconocen a Odiseo por su nombre. Lo llaman “gran gloria de los aqueos” y le prometen que podrá continuar su viaje después de escucharlas. Afirman conocer todo lo ocurrido durante la Guerra de Troya y cuanto sucede sobre la tierra.
No intentan convencerlo mediante una amenaza. Le ofrecen una versión de sí mismo que ningún héroe podría ignorar: la posibilidad de conocer toda la verdad sobre la guerra que definió su vida.
El plan para escuchar sin morir
Odiseo había recibido instrucciones precisas de Circe. Antes de llegar al territorio de las sirenas, corta un bloque de cera de abeja en pequeños pedazos, lo calienta entre sus manos y tapa con él los oídos de sus compañeros.
Él, sin embargo, decide escuchar.
Ordena a la tripulación que lo ate de pies y manos, de pie contra el mástil. También les advierte que, cuando comience a suplicar que lo liberen, deberán ignorarlo y apretar todavía más las cuerdas.
El plan funciona exactamente como Circe había anticipado. En cuanto escucha la canción, Odiseo pierde el control y exige que lo desaten. Sus hombres no pueden oírlo con claridad debido a la cera y obedecen las órdenes que recibieron antes de que comenzara el peligro. En lugar de soltarlo, añaden nuevas ataduras.
Solo cuando la embarcación queda fuera del alcance de las voces retiran la cera de sus oídos y liberan a su capitán.
La escena se convirtió en una de las más conocidas de la literatura porque muestra una forma poco común de autocontrol. Odiseo sabe que su voluntad no será suficiente. Para sobrevivir, toma la decisión correcta antes de quedar bajo la influencia de aquello que desea.
¿Cómo eran realmente las sirenas?
Homero no lo dice.
No describe sus rostros, cuerpos, alas ni colas. Tampoco les da nombres o explica quiénes eran sus padres. La utilización de formas duales en el texto indica que eran dos, pero casi todos los demás detalles aparecieron en versiones posteriores.
Otros autores griegos ofrecieron distintos nombres, entre ellos Parténope, Leucosia y Ligeia. Algunas tradiciones afirmaron que eran hijas del dios-río Aqueloo, mientras otras les atribuyeron madres diferentes. Ni siquiera existía un acuerdo completo sobre cuántas eran.
El arte griego antiguo llenó el vacío dejado por Homero. Desde aproximadamente el siglo VII a. C., las sirenas fueron representadas habitualmente como aves con cabezas humanas. En algunas imágenes posteriores adquirieron brazos, torsos femeninos o instrumentos musicales, pero conservaron patas, alas o cuerpos de pájaro.
Esta apariencia tenía sentido dentro de la imaginación antigua. Las aves estaban relacionadas con el canto, el movimiento entre distintos mundos y, en algunos contextos, con la muerte. Figuras de sirenas aparecieron incluso en monumentos funerarios.
El músico que derrotó su canción
Odiseo no fue el único héroe que logró superar a las sirenas.
En la Argonáutica de Apolonio de Rodas, escrita siglos después de Homero, Jasón y los Argonautas también navegan cerca de ellas. Esta vez no utilizan cera ni cuerdas. Orfeo, el músico legendario que viajaba con la tripulación, comienza a tocar su lira y cantar con tanta fuerza que su música supera las voces de las criaturas.
Los marineros continúan navegando mientras escuchan a Orfeo. Solo uno, Butes, se arroja al mar atraído por las sirenas, aunque la diosa Afrodita lo salva.
De aves mortales a mujeres con cola de pez
La transformación de las sirenas en criaturas marinas con cola de pez fue gradual. En la Antigüedad aparecieron algunas representaciones acuáticas, pero la mezcla se hizo mucho más común en textos, traducciones y bestiarios medievales.
Durante la Edad Media, las sirenas griegas comenzaron a confundirse con las mujeres-pez de otras tradiciones. La misma palabra terminó utilizándose para ambas criaturas y la imagen de la mujer con cola fue desplazando a la figura con cuerpo de ave.
Las sirenas de La Odisea eran más inquietantes que la versión moderna. No necesitaban perseguir, seducir físicamente ni destruir barcos. Permanecían inmóviles entre los restos de quienes habían escuchado antes.
Su canto ofrecía exactamente lo que cada viajero creía necesitar. El verdadero peligro no era que mintieran, sino que podían estar diciendo la verdad.