NOVELA CAPÍTULO I
El Debut y el Flechazo
Por: Isis Sánchez
Publicado originalmente en la Edición 1577, del 18 al 24 de septiembre de 2026.
El aire del Gran Salón Alarcón olía a orquídeas blancas, champagne y, lo más importante, a dinero antiguo.
El Sr. Ricardo Alarcón, un hombre de cincuenta y tantos años cuya única ambición superaba a su fortuna, daba la bienvenida a los invitados. A su lado, la Sra. Elena, elegantemente envuelta en diamantes, supervisaba la gala benéfica, un evento diseñado menos para la caridad y más para la exhibición de poder.
En medio del esplendor, se movían las dos hijas.
Isabella, la mayor, alta y espectacular, dominaba la sala. Su vestido rojo carmesí era una declaración de intenciones. Sonreía, pero sus ojos verdes esmeralda, fríos y calculadores, escaneaban a la multitud, evaluando cada rostro por su valor neto.
La recaudación de esta noche asegurará nuestra posición en la lista Forbes del próximo año, padre… murmuró Isabella, ofreciendo a su padre una copa. Su tono no era de admiración, sino de propiedad.
Victoria, por su parte, se sentía incómoda. Vestida con un elegante pero modesto, se mantenía cerca de una de las altas ventanas. No le gustaban los brillos ni la clase social. Sus ojos color miel vagaban por la noche estrellada, anhelando un escape. A sus veinticuatro años, Victoria no había encontrado su lugar en el imperio Alarcón.
Victoria, querida, ven a socializar. Pareces una estatua…, la regañó Doña Elena con un susurro gélido, acercándose. Recuerda tu deber. Hoy es importante.
La música de la orquesta se detuvo, y un sirviente anunció con voz potente:
¡La familia Velasco, con su heredero, el señor Alejandro Velasco!
Un silencio reverente cayó sobre la sala. Los Velasco, a diferencia de los Alarcón (que basaban su fortuna en el acero y la banca), eran los nuevos reyes de la tecnología y la energía limpia: una élite moderna, poderosa y, sobre todo, casi intocable.
Alejandro entró. Alto, con un traje perfectamente cortado que acentuaba su figura atlética, sus ojos grises hicieron un rápido recorrido de la habitación, sin detenerse en la ostentación.
Su presencia era magnética.
Isabella, cuyo plan era atraerlo directamente, se alisó el vestido y se preparó para avanzar.
Pero Alejandro no fue hacia ella.
Mientras sus padres se enfrascaban en los saludos protocolarios con el Sr. Ricardo y Sra. Elena, Alejandro tomó un respiro. Fue entonces cuando su mirada se cruzó con la de Victoria, quieta junto a la ventana. Ella no estaba posando, ni intentando atraerlo; sólo existía, con una expresión de suave melancolía bajo las luces del lugar.
Él sintió una atracción inmediata, no por la belleza que era evidente, sino por la tranquilidad que irradiaba en medio del frenesí.
Ignorando el ceño fruncido de Isabella, que se había quedado congelada a mitad de camino, Alejandro caminó directamente hacia Victoria.
Disculpe. Me preguntaba si podría haber algo más real en esta sala que el reflejo de la luna en sus ojos…, dijo Alejandro, con una sonrisa sincera que desarmó la habitual cautela de Victoria.
Ella se sonrojó, algo que rara vez le sucedía. Supongo que eso depende de si el reflejo es honesto o sólo un truco de luz.
Prometo que el interés es honesto. Alejandro Velasco. Victoria Alarcón. Es un placer… inusual.
El intercambio fue breve, pero el mundo pareció desvanecerse para ambos.
Isabella los observó desde el otro lado de la sala. No era posible. Él era su objetivo, la pieza perfecta para completar su ambición. ¿Y Victoria? ¿La hermana que nunca quiso el foco de atención?
El hecho de que Alejandro la hubiera ignorado para dirigirse a su hermana, fue un gran insulto personal. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por un mal gesto que sólo su hermano menor, Andrés, que pasaba en ese momento, pudo notar.