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El secreto de la mansión – Capítulo 4 – Parte 2

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Novela semanal publicada en el periódico El Especialito.
Los capítulos más recientes se leen primero en la edición impresa.
Las partes anteriores están disponibles en nuestro sitio web.

Por: Isis Sánchez / El Especialito

Ahora, con una vela temblorosa en la mano, Eleanor salió de su habitación. El aire estaba frío y pesado, impregnado del olor a humedad y carbón apagado. Avanzó descalza para no hacer ruido. Cada paso parecía un desafío a la oscuridad.

El ala oeste, prohibida y sellada desde la muerte de su hermana Elisa, aguardaba al final de aquel pasillo interminable. La puerta, cubierta de polvo, parecía respirar con el viento.

Eleanor sacó el manojo de llaves robado del despacho del mayordomo y probó una tras otra, hasta que un clic seco rompió el silencio. Empujó la puerta.

El aire del interior era aún más helado, con olor a encierro y flores marchitas. Encendió la vela, y su luz débil apenas reveló muebles cubiertos con sábanas, cortinas rasgadas y retratos que la observaban desde la penumbra con ojos apagados.

El silencio tenía peso.

Caminó entre los objetos olvidados hasta llegar a una puerta al fondo, cerrada con un pestillo oxidado. La reconoció de inmediato. Era la habitación donde Elisa había dormido durante su estancia. El lugar que nadie había vuelto a abrir desde su muerte.

Al entrar, el corazón de Eleanor se encogió. El cuarto conservaba el aire detenido del pasado. Un peine con hebras de cabello dorado reposaba sobre la mesita. Una cinta de terciopelo azul yacía sobre la almohada. Un pañuelo con las iniciales E.W. bordadas con hilo pálido descansaba doblado con cuidado.

El polvo cubría cada superficie como una capa de olvido.

Pero lo que dominaba la habitación era el espejo.

Un gran espejo ovalado, casi del tamaño de una puerta, con un marco de madera tallada y arabescos retorcidos. El cristal tenía un brillo extraño, no del todo opaco ni completamente limpio. Reflejaba la habitación, pero algo en la imagen parecía incorrecto, como si la luz dentro del espejo fuera distinta.

Eleanor se acercó. La vela osciló, y su propio rostro apareció en la superficie, aunque el reflejo tardó un segundo más en moverse.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Entonces notó una mancha oscura en la esquina inferior. Se inclinó, frotó con el pañuelo y descubrió, horrorizada, que era sangre seca. Retrocedió de golpe, golpeando la mesita. La vela vaciló, pero no se apagó.

Fue entonces cuando se percató de algo aún más inquietante.

El espejo no estaba fijo a la pared. Había un leve hueco detrás, una separación casi invisible entre el marco y la piedra. Tocó el borde y un mecanismo cedió con un sonido sordo.

El espejo giró sobre un eje oculto, revelando un espacio estrecho.

Eleanor levantó la vela. El hueco era profundo, y dentro había un paquete envuelto en lino amarillento. Lo tomó con manos temblorosas. Al desenvolverlo, descubrió un documento sellado con cera roja, marcado con la insignia de la familia Ashcroft.

Leyó las primeras líneas y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

“Última voluntad y testamento de Lord William Ashcroft…”

“Declaro que mi heredero legítimo será mi hijo nacido fuera del matrimonio, Alistair Harrow…”

Eleanor contuvo un grito.

El mayordomo.
El hombre que fingía servir a todos.

Era el verdadero heredero de Ravenscroft Hall.

Un relámpago iluminó el espejo detrás de ella, pero algo había cambiado. Ahora, desde el cristal, dos ojos la observaban.

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