Cuando se habla del evento que acabó con los dinosaurios, la imaginación suele exagerar el tamaño del culpable. Sin embargo, el asteroide que extinguió a los dinosaurios no era un monstruo cósmico gigantesco. Según la mayoría de los estudios científicos, medía entre 10 y 15 kilómetros de diámetro, un tamaño comparable al de una gran ciudad moderna. Aun así, esa roca relativamente pequeña fue suficiente para cambiar el rumbo de la vida en la Tierra.
El impacto ocurrió hace unos 66 millones de años en lo que hoy es la península de Yucatán. El objeto viajaba a decenas de miles de kilómetros por hora cuando chocó contra el planeta. Esa velocidad convirtió su masa en un arma de energía pura. El resultado fue el cráter de Chicxulub, una estructura de entre 150 y 200 kilómetros de ancho, más de diez veces mayor que el propio asteroide.
La clave del desastre no fue solo el choque, sino la energía liberada. Los cálculos indican que el impacto equivalió a la detonación simultánea de cientos de millones de bombas nucleares. Aunque el asteroide que extinguió a los dinosaurios era apenas unas cuantas veces más alto que el monte Everest, la fuerza generada fue suficiente para sacudir la corteza terrestre y alterar la atmósfera global.
Las consecuencias se extendieron mucho más allá del lugar del impacto. Incendios masivos se propagaron por continentes enteros debido al calor extremo. Tsunamis gigantescos arrasaron las costas cercanas. Pero el golpe final llegó desde el cielo. El polvo, las cenizas y los aerosoles lanzados a la atmósfera bloquearon la luz solar durante meses, quizá años. Sin luz, la fotosíntesis se detuvo y las cadenas alimenticias colapsaron.
Este “invierno de impacto” fue el verdadero verdugo. Muchas especies no murieron de inmediato, sino por hambre y cambios climáticos abruptos. El asteroide que extinguió a los dinosaurios no mató solo con el choque, sino con una reacción en cadena que convirtió al planeta en un entorno hostil para la vida dominante de la época.
La lección científica es inquietante. No se necesita un objeto gigantesco para provocar una catástrofe global. Basta con suficiente velocidad y el ángulo correcto. Chicxulub demostró que, en el equilibrio del planeta, incluso una roca del tamaño de una ciudad puede reescribir la historia de la vida.










