Novela semanal publicada en el periódico El Especialito.
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Por: Isis Sánchez / El Especialito
El silencio era denso. Solo se oía el goteo del agua que caía de alguna fisura lejana.
Este corredor, murmuró Harrow, lo construyó mi padre. O, mejor dicho, lo mandó construir para poder moverse por la casa sin ser visto. Hay más de uno. Todos conectan con un punto central.
¿Cuál?, preguntó Eleanor, casi sin aliento.
La cripta familiar.
Siguieron avanzando. A cada paso, el aire se volvía más frío. El suelo descendía lentamente, como si los condujera bajo tierra. Las paredes se estrechaban y la sensación de encierro oprimía el pecho de Eleanor.
¿Sabía Elisa de esto?, preguntó.
Harrow asintió.
Descubrió uno de los accesos. Yo intenté advertirle que no se acercara. Pero era valiente… o quizá demasiado confiada.
Y la mataron por ello, susurró Eleanor.
Él guardó silencio unos segundos.
Entraron.
El pasillo estaba casi completamente oscuro. Solo la lámpara de Eleanor proyectaba una luz temblorosa sobre las paredes de piedra cubiertas de musgo.
No lo sé. Pero sospecho que su muerte fue necesaria para mantener vivo un secreto que ya no podía ocultarse.
Un murmullo leve pareció recorrer el túnel.
Eleanor se detuvo.
¿Ha oído eso?
Harrow asintió.
El viento, quizás. Estos pasajes son viejos. A veces suenan como si la casa respirara.
Pero a Eleanor no le pareció viento. Era un sonido más suave, rítmico, como si alguien susurrara su nombre desde la oscuridad.
Giró la lámpara hacia el fondo del túnel. Nada. Solo sombras.
Vamos, dijo Harrow. Falta poco.
Tras unos minutos, el pasaje desembocó en una escalinata estrecha que descendía en espiral. El aire allí olía a tierra, piedra húmeda y cera vieja.
Al final de las escaleras, una puerta de hierro oxidado los esperaba.
Harrow empujó.
El chirrido que siguió fue tan fuerte que hizo eco en toda la bóveda.
Y entonces lo vieron.
La bóveda familiar de los Ashcroft.
El techo abovedado estaba cubierto de inscripciones talladas y, a los lados, los sarcófagos de piedra alineados bajo los escudos de armas. Velas apagadas, restos de incienso y un frío que parecía venir del fondo del tiempo.
Eleanor avanzó con respeto.
En el centro, una tumba destacaba entre las demás. El mármol era más reciente y sobre él, una inscripción incompleta:
Elisa Whitford
1847
“No toda la verdad descansa bajo tierra.”
Eleanor se llevó una mano al pecho.
Mi hermana, susurró.
No sabía que habían traído su cuerpo aquí, dijo Harrow, sorprendido. No fue enterrada con los criados… sino con los Ashcroft.
Ella miró el epitafio con lágrimas en los ojos.
¿Por qué harían esto?
Porque sabía demasiado, respondió él. Y alguien quiso que su silencio quedara guardado junto a los secretos de la familia.
Eleanor observó el suelo. Había una losa removida, ligeramente desplazada.
Ayúdeme, pidió.
Entre los dos levantaron la tapa.
Dentro, en lugar de un cuerpo, había una caja de madera sellada con cera.
Eleanor la abrió con las manos temblorosas. Dentro había una carta, cuidadosamente doblada, con el nombre de Eleanor escrito en la cubierta.
El corazón de la joven se detuvo.
Es… su letra, dijo con un hilo de voz.
Harrow le hizo un gesto.
Léala.
Eleanor desdobló el papel, la tinta desvaída por el tiempo.
“Querida hermana, si lees esto, es que he fracasado.
No confíes en la señora de la casa. No confíes en el espejo.
Hay una llave bajo el retrato de nuestro padre, en el salón principal. Esa llave abre la puerta que conduce al verdadero secreto de Ravenscroft.”
El papel tembló en sus manos.
Harrow le sostuvo los dedos, suavemente. Por primera vez, Eleanor no retiró la mano.
La llave, murmuró él. Si lo que dice es cierto, hay algo más oculto.
Y mi hermana lo sabía, añadió ella. No fue solo un accidente, ni un castigo. Fue una advertencia.
Un golpe sordo resonó entonces detrás de ellos. Ambos se giraron.
La puerta del túnel se había cerrado sola.
El viento se filtraba entre las grietas, arrastrando un susurro casi humano.
Eleanor apretó la carta contra el pecho, mientras Harrow se interponía entre ella y la oscuridad.
No estamos solos, dijo él con la voz tensa.
El murmullo volvió, más cercano, más claro, como un eco antiguo que recorría las piedras.
“La llave… no debe salir de la casa…”
Las velas apagadas se encendieron una a una, sin que nadie las tocara.
Y el reflejo de una sombra, alta y delgada, cruzó lentamente el fondo de la bóveda.










