Novela semanal publicada en el periódico El Especialito.
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Por: Isis Sánchez / El Especialito
Eleanor fingió normalidad, pero su mente seguía atrapada en el ala oeste. Antes del desayuno, tomó una lámpara y subió de nuevo. No debía hacerlo, pero la urgencia de saber era más fuerte que el miedo.
Cuando entró en la habitación de su hermana, algo había cambiado.
El espejo estaba limpio.
El polvo del marco había desaparecido.
Y en el suelo, junto al borde inferior, las huellas de barro eran nuevas.
Alguien había estado allí después de ella.
Y había entrado por el pasadizo oculto.
Eleanor se acercó y tanteó el marco. El mecanismo volvió a ceder con un clic. El hueco se abrió lentamente, revelando el corredor estrecho tras la pared. La oscuridad olía a tierra húmeda y a humo reciente.
Alzó la lámpara y vio las marcas de botas que se adentraban hacia el otro extremo del pasillo secreto.
El miedo la paralizó por un instante.
¿Quién había estado mirando desde el otro lado del espejo aquella noche?
¿Lady Ashcroft?
¿Uno de sus hijos?
¿O el propio Harrow?
Decidió seguir las huellas.
El corredor serpenteaba entre las paredes de piedra, estrecho y silencioso, interrumpido solo por el goteo del agua filtrada. Tras varios metros, desembocaba en una rejilla metálica que daba a otra estancia.
El invernadero.
Eleanor pegó el rostro al metal. Al otro lado, la luz del amanecer se filtraba entre los cristales empañados y las sombras de las plantas trepadoras. Allí dentro, una figura arrastraba algo pesado entre los helechos.
El sonido del roce y un golpe seco le helaron la sangre.
De pronto, la figura se irguió.
Era el jardinero.
Mr. Larkin.
Tenía el rostro cubierto de sudor y el brazo derecho manchado de algo oscuro. Eleanor se llevó una mano a la boca para no gritar. Él levantó un farol y miró hacia la rejilla, demasiado cerca. Por un segundo, pareció que sus miradas se cruzaban.
Luego apagó la luz y desapareció entre la niebla del invernadero.
Eleanor retrocedió con el corazón acelerado, regresó por el pasillo y empujó el espejo hasta cerrarlo. No sabía qué hacer. No podía acudir a Lady Ashcroft, quien la observaba con recelo desde su llegada.
Solo le quedaba Harrow.
Lo buscó en el despacho. No estaba.
La silla vacía junto al escritorio parecía observarla. Sobre la mesa, sin embargo, había algo nuevo. Un retrato antiguo de Lord Ashcroft y, en la esquina inferior, una inscripción apenas visible bajo el polvo:
“Para mi hijo, Alistair, que heredará lo que otros no merecen.”
Antes de poder pensar más, un grito resonó desde los jardines.
Eleanor corrió hacia el vestíbulo. Los criados se arremolinaban junto a la puerta del invernadero. Un resplandor rojizo iluminaba los ventanales.
¡Fuego!, gritó alguien.
¡El invernadero está ardiendo!
El aire se llenó de humo y del olor a madera quemada. Eleanor empujó entre la multitud, intentando ver. Las llamas trepaban por las paredes de cristal, deformando las sombras de las plantas y los muebles.
Y entre el fuego, distinguió algo que la hizo gritar.
Un cuerpo tendido, inmóvil, cerca de la fuente central.
El jardinero.
Mr. Larkin.
Los criados retrocedieron horrorizados. Lady Ashcroft llegó entonces, envuelta en una bata de terciopelo, el rostro pálido y la mirada fría.
¿Qué sucede aquí?, exigió.
El fuego, mi lady… el invernadero…, balbuceó uno de los sirvientes.
Lady Ashcroft giró la cabeza y clavó los ojos en Eleanor. La joven estaba cubierta de ceniza y temblaba.
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