El olfato de humanos y ratones funciona de forma más parecida de lo que se pensaba. Aunque los roedores suelen olfatear con soplos rápidos y entrecortados, mientras las personas hacen una inhalación más lenta y profunda, dos nuevos estudios indican que ambos sistemas comparten una base cerebral similar para procesar los olores.
Las investigaciones, publicadas en Science Advances y con participación de Northwestern University, analizaron el olfato desde dos perspectivas distintas. Una se enfocó en el comportamiento de los ratones al explorar alimentos. La otra estudió cómo el cerebro humano organiza la información de los olores durante una sola inhalación intencionada.
El hallazgo principal es que ratones y humanos utilizan mecanismos neurofisiológicos conservados durante la evolución. En otras palabras, aunque la forma externa de oler sea distinta, el cerebro parece apoyarse en ritmos y componentes motores parecidos para interpretar los olores.
En el primer estudio, los investigadores observaron que los ratones no solo olfatean de manera repetida cuando buscan alimento. También pueden hacer una sola inhalación deliberada cuando acercan comida a su nariz, un comportamiento parecido al de una persona que huele una fruta antes de comerla.
Para estudiar este proceso, el equipo construyó un sistema robótico de grabación con múltiples cámaras que permitió seguir con precisión los movimientos de los ratones mientras buscaban comida y comían. Los animales coordinaban las manos, la cabeza y la respiración para hacer coincidir una inhalación única con el momento exacto en que el alimento llegaba a la nariz.
Ese gesto no parece ser un reflejo automático. Según los investigadores, se trata de una exploración sensorial activa, una especie de “prueba olfativa” que hasta ahora se asociaba más con el comportamiento humano que con el de los roedores.
El segundo estudio abordó la pregunta contraria: cómo puede el cerebro humano alcanzar precisión olfativa con una sola inhalación lenta, mientras los roedores suelen depender de ciclos rápidos de olfateo. Para responderlo, los científicos registraron actividad directamente en el bulbo olfativo de voluntarios sanos.
Los resultados mostraron que una inhalación intencionada en humanos produce oscilaciones theta, ondas cerebrales de baja frecuencia entre 2 y 8 hercios. Ese ritmo es similar al que aparece en los roedores durante el olfateo, lo que sugiere una ventana temporal compartida para procesar olores.
En los ratones, el olfateo y el ritmo theta están estrechamente conectados. En los humanos, en cambio, una sola inhalación puede activar ese ritmo de forma más independiente. Esto significa que el cerebro humano puede generar una organización temporal parecida sin necesidad de repetir muchos olfateos rápidos.
La importancia del hallazgo va más allá de entender cómo percibimos aromas. Cambios en el comportamiento olfativo se han relacionado con trastornos como el alzhéimer, el parkinson y el autismo. Por eso, comprender mejor los mecanismos básicos del olfato podría ayudar en el futuro a detectar señales tempranas de algunas enfermedades neurológicas.
El olfato suele recibir menos atención que la vista o el oído, pero tiene una relación profunda con memoria, emoción, alimentación y seguridad. También puede cambiar antes de que aparezcan otros síntomas en ciertos trastornos del sistema nervioso.
Los estudios no significan que una simple prueba de olor pueda diagnosticar enfermedades por sí sola. Pero sí aportan una base para investigar cómo alteraciones en los ritmos cerebrales del sistema olfativo podrían convertirse en señales de alerta o en herramientas complementarias de evaluación médica.
La conclusión es clara: humanos y ratones no huelen el mundo de la misma manera, pero sus cerebros parecen compartir una arquitectura común para hacerlo. Ese puente entre especies puede ayudar a entender mejor la evolución del olfato y, con el tiempo, abrir nuevas vías para estudiar la salud del cerebro