La infección parasitaria ocular es poco frecuente, pero puede tener consecuencias devastadoras. Especialistas en salud visual advierten que esta infección parasitaria ocular afecta principalmente a personas que usan lentes de contacto y no siguen estrictas medidas de higiene. En los casos más graves, puede provocar pérdida permanente de la visión.
El parásito más vinculado a esta condición es la Acanthamoeba, un microorganismo que vive de forma natural en el agua dulce, el suelo y hasta en sistemas de agua potable. Aunque la mayoría de las personas pueden estar expuestas sin enfermar, el riesgo aumenta cuando el parásito entra en contacto con la superficie del ojo a través de lentes contaminados.
La infección parasitaria ocular comienza con síntomas que pueden parecer leves. Los pacientes reportan enrojecimiento, dolor intenso, sensibilidad a la luz y visión borrosa. A menudo se confunde con conjuntivitis u otras infecciones más comunes, lo que retrasa el diagnóstico adecuado.
Uno de los principales factores de riesgo es el uso inadecuado de lentes de contacto. Dormir con ellos, lavarlos con agua del grifo o nadar sin retirarlos incrementa significativamente la posibilidad de contaminación. Las soluciones caseras o reutilizadas también representan un peligro.
Según datos de centros de control de enfermedades en Estados Unidos y Europa, la queratitis por Acanthamoeba es rara, pero la mayoría de los casos ocurre en usuarios de lentes de contacto blandos. El tratamiento puede ser prolongado y doloroso, ya que requiere medicamentos antimicrobianos específicos durante varias semanas o incluso meses.
En situaciones avanzadas, la infección parasitaria ocular puede dañar gravemente la córnea. Algunos pacientes necesitan trasplante corneal para intentar recuperar parte de la visión. La detección temprana mejora considerablemente el pronóstico.
Los oftalmólogos insisten en medidas simples pero esenciales. Lavarse bien las manos antes de manipular los lentes, utilizar soluciones desinfectantes aprobadas y evitar el contacto con agua no esterilizada son pasos clave. Cambiar el estuche regularmente también reduce riesgos.
La tecnología de los lentes ha mejorado, pero la disciplina personal sigue siendo el mejor escudo. La salud visual depende tanto de avances médicos como de hábitos cotidianos que parecen pequeños, pero que pueden marcar la diferencia entre una molestia temporal y una lesión permanente.









