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El secreto de la mansión – Capítulo 3 – Parte 1

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Novela semanal publicada en el periódico El Especialito.
Los capítulos más recientes se leen primero en la edición impresa.
Las partes anteriores están disponibles en nuestro sitio web.

Por: Isis Sánchez / El Especialito

El día siguiente amaneció más claro, aunque el sol apenas lograba atravesar la bruma que cubría los jardines. Desde la ventana de su habitación, Eleanor observó el invernadero al final del sendero, una estructura de cristal ennegrecido y metal corroído que parecía olvidada por el tiempo.

Aquel lugar había sido, según le habían dicho, el refugio favorito de su hermana Elisa.

Eleanor recordó el colgante hallado junto a la puerta del ala oeste. Lo guardaba ahora bajo su blusa, cerca del corazón, como si el pequeño objeto pudiera protegerla o recordarle que no estaba equivocada al desconfiar.

Mientras revisaba la despensa esa mañana, el jardinero, Mr. Larkin, apareció en el umbral. Su ropa aún estaba húmeda y una expresión de inquietud cruzaba su rostro.

Señorita Whitford, dijo en voz baja. Si tiene un momento, hay algo que debe ver.

¿Dónde?, preguntó Eleanor, procurando mantener la calma.

En el invernadero. Pero venga sola. No le conviene que el señor Harrow la vea.

El invernadero estaba cubierto de polvo y maleza. El aire era espeso, cargado de humedad y del aroma antiguo de flores marchitas. Larkin cerró la puerta tras ellos y miró alrededor antes de hablar.

Ella venía aquí a menudo, dijo finalmente. Decía que era el único lugar donde podía respirar.

¿Mi hermana?, preguntó Eleanor.

Él asintió.

Sí. Elisa. Era buena conmigo. No como los otros criados. No como los Ashcroft.

Larkin se agachó y levantó una losa del suelo. Debajo apareció una pequeña caja de madera, sellada con una cinta azul cubierta de polvo.

La encontré hace unas semanas, explicó. No me atreví a entregarla. Temí que me culparan.

Eleanor tomó la caja con cuidado. Estaba fría y húmeda, pero intacta. La abrió lentamente.

Dentro había dos cartas dobladas, atadas con una cinta azul, y un trozo de tela fina que aún conservaba un leve perfume de lavanda.

La primera carta llevaba una inicial escrita en el sobre. Eleanor la abrió con manos temblorosas.


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