Cuando la artista argentina Ximena Caminos recibió autorización para intervenir el fondo marino frente a Miami Beach, tuvo claro que el proyecto debía partir de un símbolo potente. Eligió el automóvil, uno de los mayores íconos de contaminación en tierra, para convertirlo en una herramienta de restauración ambiental bajo el mar.
Así nació Reefline, una iniciativa que combina arte, ciencia y ecologismo y que ya ha comenzado a transformar una de las playas más visitadas del mundo en un laboratorio de recuperación marina. A pocos cientos de metros de la costa, más de una veintena de autos de hormigón ecológico forman una especie de autopista submarina que sirve como base para el crecimiento de corales y el regreso de especies marinas.
El objetivo final es ambicioso: crear un arrecife artificial de once kilómetros a lo largo de la costa de Miami que permita recuperar parte de la biodiversidad perdida por décadas de contaminación y calentamiento de las aguas.
“Es una metáfora muy clara”, explica Caminos. “El auto es un símbolo de polución, pero al transformarlo en escultura submarina se convierte en un símbolo de regeneración. Su forma es perfecta para que los corales se adhieran”.
Arte al servicio del océano
Las esculturas están fabricadas con un tipo de hormigón especialmente diseñado para favorecer la colonización de corales. A tan solo dos meses de su instalación, los primeros organismos ya han comenzado a crecer sobre los vehículos y las estrellas de mar que completan la obra.

Las piezas se encuentran a unos seis metros de profundidad, una decisión estratégica. “Los corales necesitan mucha luz”, explica la artista. “Los autos funcionan como macetas submarinas. Una vez que llegan los corales, que son especies fundacionales, el resto de la vida marina vuelve sola”.
Miami Beach no es ajena a este tipo de intervenciones. La ciudad, en gran parte construida sobre terreno ganado al mar, contaba históricamente con arrecifes naturales que protegían la costa de la erosión. Con el tiempo, la contaminación y el aumento de la temperatura del agua acabaron con ellos.
Reefline busca recuperar esa función protectora y ecológica, utilizando el arte como catalizador del cambio.
Una ciudad subacuática abierta al público
Aunque las esculturas están al alcance de nadadores, kayakistas y personas con tabla, la profundidad limita el tiempo de observación. Por eso, la organización Reefline ofrece recorridos guiados con equipo de buceo para quienes desean explorar el arrecife con mayor calma. La única regla es clara: mirar, pero no tocar.
Para Caminos, esta experiencia tiene un valor casi espiritual. “Es una forma de peregrinaje. El arte más importante muchas veces ha sido invisible, encerrado. Aquí sucede lo contrario: hay que sumergirse para encontrarlo”.

Un proyecto a largo plazo
La instalación actual es solo el primer paso. Completar los once kilómetros de arrecife artificial requerirá una inversión estimada de 33 millones de dólares y al menos una década de trabajo. La financiación aún no está cerrada y dependerá de alianzas con administraciones públicas y donantes privados.
Entre las iniciativas para recaudar fondos se encuentra la posibilidad de “adoptar” una de las esculturas, que llevaría una placa con el nombre del donante. Personalidades como Gloria Estefan y Emilio Estefan ya participan en el proyecto.
Mientras avanza en Miami, Reefline empieza a llamar la atención a nivel internacional. “Tenemos invitaciones para Dubái y para Maldivas”, adelantó Caminos, dejando claro que la idea de transformar símbolos de contaminación en herramientas de vida podría replicarse en otros puntos del planeta.










