La incursión militar ordenada por Donald Trump en Venezuela ha tenido un impacto inmediato y contundente en el escenario internacional. La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero dejó al mundo boquiabierto y marcó un punto de inflexión en la crisis venezolana. Sin embargo, según advierten expertos, lo más difícil comienza ahora. Mantener el control del proceso político y cumplir los objetivos estratégicos de Estados Unidos en América Latina será una tarea mucho más compleja que el golpe inicial.
Así lo explicó Carlos Malamud, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, quien señaló que Venezuela entra en una nueva etapa cargada de incertidumbres. A su juicio, la espectacularidad de la operación no garantiza una transición ordenada ni estable, especialmente en un país atravesado por múltiples actores armados y fracturas internas profundas.
Uno de los principales desafíos para Trump Venezuela es el intento de impulsar un cambio político sin que suponga un costo directo para el contribuyente estadounidense. La estrategia pasa por financiar la transición con el petróleo venezolano, pero Malamud duda de que las empresas de Estados Unidos estén dispuestas a implicarse de forma intensa en un entorno tan convulso y con riesgos elevados para la inversión.
El escenario interno es descrito por el analista como un verdadero avispero. A los sectores chavistas aún activos se suman organizaciones criminales como el Tren de Aragua, grupos armados como el ELN y disidencias de las FARC, además de la presencia de células de Hizbulah asentadas en el país. Este mosaico de actores complica cualquier intento de estabilización rápida.
A ello se añade el riesgo de que sectores de la oposición, frustrados por nuevas promesas incumplidas, consideren la vía armada como alternativa. Según Malamud, este factor podría agravar aún más la situación si la transición no ofrece resultados claros en el corto plazo.
Las tensiones también se extienden al interior del chavismo. La pregunta sobre quién traicionó a Maduro podría alimentar desconfianzas y luchas de poder entre sus antiguos aliados. Estas contradicciones internas, combinadas con la posible exigencia de responsabilidades a los militares por su apoyo al régimen, conforman un cóctel explosivo que amenaza la gobernabilidad.
En este contexto, Malamud interpreta que la decisión de Trump Venezuela de negociar provisionalmente con el aparato del régimen y relegar a la oposición responde a la necesidad de evitar una segunda incursión militar que ponga en riesgo vidas estadounidenses.
Más allá de Venezuela, la mirada de Washington se extiende a otros países de la región. Colombia y México están en el radar, pero el analista considera que no presentan las mismas condiciones que permitieron la operación en Caracas. Distinto es el caso de Cuba, cuya fragilidad interna obliga, según Malamud, a tomar muy en serio las advertencias lanzadas desde Estados Unidos.
En el trasfondo de la estrategia de Trump Venezuela aparece un objetivo geopolítico mayor: limitar la influencia de China en América Latina. Malamud subraya que este propósito ha fracasado incluso en países gobernados por aliados ideológicos de Trump, como Brasil o Argentina, donde la dependencia económica de China ha demostrado ser difícil de reemplazar.
Para el investigador, la ofensiva también tiene lecturas internas en Washington. El secretario de Estado, Marco Rubio, apuesta fuerte por el frente latinoamericano, consciente de que un éxito podría reforzar su posición en la carrera política futura.
La conclusión es clara. El golpe inicial fue contundente, pero los objetivos estratégicos de Trump no se alcanzan de una sola maniobra. Lo ocurrido en Venezuela abre una etapa cargada de interrogantes y confirma, según Malamud, que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos va más allá del discurso y ya se está aplicando sobre el terreno.










