—Señorita Whitford —una voz profunda y grave resonó detrás de ella—. Bienvenida a Ravenscroft Hall.
Eleanor se volvió.
En el umbral, un hombre alto se encontraba sentado en una silla de ruedas. Vestía de negro, impecablemente. Su rostro era pálido, de facciones finas y ojos grises que parecían leer el alma. Era Mr. Alistair Harrow, el mayordomo.
—Señor Harrow —respondió ella, inclinando la cabeza—. Es un honor servir en esta casa.
—Esperamos que su estancia sea larga y provechosa —dijo él con una leve sonrisa que no alcanzó los ojos—. Ravenscroft tiene sus… peculiaridades. Pero confío en que sabrá manejarse entre ellas.
Por un instante, el silencio se volvió tan denso que pudo oír su propio corazón.
El fuego de la chimenea chisporroteó con un sonido apagado, como si también contuviera el aliento.
Mr. Alistair Harrow no apartó la vista. Sus ojos, de un gris profundo, parecían absorber la luz que los rodeaba.
—Esta casa —dijo al fin— tiene una memoria más larga que cualquiera de nosotros.
Cada piedra recuerda, cada reloj guarda lo que no debió ser oído.
¿Está dispuesta a escucharlo, señorita Eleanor?
El tono no era una pregunta; era un desafío.
Ella intentó responder, pero las palabras se negaron a salir.
La sensación era la misma que al entrar en una iglesia vacía o en una tumba recién abierta: una mezcla de reverencia y temor.
Eleanor percibió algo en su tono: una advertencia, o quizá una prueba. Cuando sus miradas se cruzaron, sintió una corriente helada y, al mismo tiempo, inexplicablemente cálida.




