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Tapenade de aceitunas, el sabor que no pide permiso

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© Margouillat | Dreamstime.com

La tapenade de aceitunas no es diplomática. No intenta gustarle a todo el mundo ni suaviza su carácter. Nació en el sur de Francia como una pasta pensada para despertar el apetito, acompañar el pan y hacer que una mesa sencilla se sienta completa. Aceitunas, ajo, alcaparras, aceite de oliva. Nada más y nada menos. Es una preparación antigua, directa, con sabor a costa, a sobremesa larga y a vino servido sin prisa.

En muchas cocinas mediterráneas, la tapenade aparece sin anunciarse. Un cuenco pequeño, una cuchara, pan cortado en trozos irregulares. Funciona como entrada, como acompañamiento o como ese detalle que transforma un plato simple en algo memorable.

Ingredientes

  • 200 g de aceitunas negras sin hueso, preferiblemente tipo Kalamata
  • 1 cucharada de alcaparras escurridas
  • 1 diente de ajo pequeño
  • 3 cucharadas de aceite de oliva
  • 1 cucharadita de jugo de limón
  • Pimienta negra al gusto

Preparación

  1. Coloca las aceitunas, las alcaparras y el ajo en un procesador de alimentos.
  2. Tritura en pulsos cortos hasta obtener una textura espesa, con pequeños trozos visibles. No debe quedar como puré.
  3. Agrega el aceite de oliva poco a poco mientras sigues procesando, solo hasta que la mezcla se ligue.
  4. Incorpora el jugo de limón y un poco de pimienta negra. Prueba y ajusta si es necesario.
  5. Pasa la tapenade a un cuenco y deja reposar al menos 15 minutos antes de servir para que los sabores se asienten.

Consejos útiles

  • No añadas sal al inicio. Las aceitunas y las alcaparras ya aportan suficiente.
  • Si no tienes procesador, puedes picar todo a cuchillo. El resultado es más rústico y muy fiel a la preparación tradicional.
  • Un chorrito extra de aceite por encima antes de servir mejora la textura y el aroma.
  • Funciona muy bien como base para untar en sándwiches o sobre pescado blanco a la plancha.

La tapenade de aceitunas no necesita presentación ni adornos. Se sirve en poco volumen, pero deja huella. Es de esas recetas que enseñan que el sabor no siempre viene de sumar ingredientes, sino de saber cuándo detenerse. Una cucharada basta para entender por qué sigue viva después de tantos años.

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