Novela semanal publicada en el periódico El Especialito.
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En El secreto de la mansión capítulo 10 parte 3, la historia llega a su desenlace cuando Eleanor abandona Ravenscroft y Edward acepta su destino dentro de la mansión. La tercera parte del capítulo 10 se publicó en El Especialito el 6 de marzo.
Por: Isis Sánchez / El Especialito
¿Y ella?, preguntó Eleanor, apenas un susurro.
Edward bajó la mirada.
No lo sé, respondió al fin. Quizás… aún no se ha ido del todo.
El reloj del vestíbulo marcó una vez más las doce.
Un sonido hueco, interminable, que se expandió por toda la casa como un pulso antiguo. Esa duodécima campanada resonó con un timbre distinto, más grave.
Luego… nada. Solo el goteo de la lluvia, y ese silencio que no era paz, sino espera.
Eleanor tembló.
Durante tantos años creí que la casa la mantenía viva…
Tal vez era ella quien mantenía a la casa despierta, dijo Edward, sin apartar la vista del reloj inmóvil.
Afuera, el amanecer teñía de gris las colinas.
La lluvia caía mansamente sobre los tejados, pero dentro, el aire seguía quieto, expectante.
Aparentemente descansa, susurró él. Pero los relojes aún marcan las doce…
Y en algún rincón profundo, invisible, una puerta se cerró sola.
Edward se volvió hacia Eleanor.
Prepare lo necesario. Nadie debe entrar aquí por un largo tiempo.
¿Y usted, señor?
Yo me quedaré. Solo un poco más. Hay cosas… que debo entender.
Ella inclinó la cabeza y se retiró despacio, dejando tras de sí el eco leve de sus pasos.
Edward caminó hasta el ventanal del vestíbulo.
Afuera, el amanecer teñía los campos de plata y oro. La lluvia dejaba hilos brillantes sobre las piedras del patio.
Por primera vez en mucho tiempo, la mansión no parecía amenazante. Solo cansada.
Supuestamente descansa, murmuró. Pero aún quedan secretos… y yo debo guardarlos.
En la distancia, un cuervo cruzó el cielo gris, dejando su sombra sobre los muros ennegrecidos de Ravenscroft.
Y cuando el reloj marcó las doce, un sonido leve, como el cierre de una puerta antigua, resonó desde los pisos superiores, tan suave que pudo ser solo el eco de un sueño.
El silencio era nuevo. Vivo.
Eleanor lo miró a los ojos, con una mezcla de alivio y tristeza.
Entonces, ¿ha terminado la maldición?
Edward sonrió levemente.
Las maldiciones no terminan, Eleanor. Solo cambian de nombre.
Ella asintió, comprendiendo.
El viento entró por la ventana, levantando una hoja de papel que cayó a sus pies.
Era la carta de Elisa.
“El amor es la única verdad que Ravenscroft no pudo corromper.”
Eleanor la leyó en silencio, luego levantó la mirada hacia él.
Y entre los muros de la mansión, bajo la luz del nuevo día, se abrazaron, no como amantes ni como enemigos, sino como los últimos sobrevivientes de un linaje condenado.
En ese mismo instante el reloj emitió un último tic, seco, aislado, y el péndulo se detuvo.
Eleanor hizo la señal de la cruz.
La casa aún recuerda, susurró Edward.
Eleanor lo miró con ternura, y también con un miedo silencioso.
¿Desea que me quede, señor?
Él negó despacio.
No, Eleanor. La mansión ha esperado demasiado. Ahora… debe estar sola.
Eleanor inclinó la cabeza.
Sus pasos resonaron por el pasillo mientras se alejaba. La puerta principal se abrió con un gemido largo, como si la casa misma se resistiera a dejarla ir.
Afuera, la niebla del amanecer cubría el sendero. Un carruaje oscuro la aguardaba junto al portón, con las linternas encendidas y el cochero inmóvil bajo la lluvia tenue.
Eleanor se detuvo un instante en el umbral.
Miró hacia atrás. Las ventanas de Ravenscroft permanecían apagadas, salvo una, en el ala este, donde creyó distinguir una silueta quieta entre las sombras.
Luego apretó su chal contra el pecho y descendió los escalones.
El sonido de las ruedas sobre el barro se confundió con el murmullo del viento. El carruaje avanzó despacio, alejándose del valle, mientras detrás de ella la mansión se erguía inmóvil, como un sueño del que no se despierta del todo.
Dentro, Edward permanecía de pie frente al reloj inmóvil.
Aparentemente descansa… murmuró. Pero el reloj aún marca las doce.
Y ese eco de las doce aún flotaba en el aire, diluyéndose lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido dentro de esas paredes, como si la casa lo absorbiera y lo convirtiera en parte del secreto mismo.
Edward parecía cerrar el círculo. Todos los demás han salido, los secretos han sido revelados, pero él es el único que no puede escapar.
Sintió su cuerpo fusionarse con la mansión, formando parte de la historia trágica de ese lugar, convirtiéndose en otro de sus fantasmas.
Siguió de pie frente al reloj inmóvil, sintiendo que su presencia quedaría en las paredes, en los ecos, en el silencio.
La mansión no solo guardará los secretos de los demás…
Ahora guardará también el suyo.
La historia no termina aquí…










