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El ADN revela que las élites escitas heredaban el poder en redes familiares

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Antiguo casco de Crimea del tipo Kazán, posiblemente escita, en exhibición en un espacio de exposiciones. El casco muestra técnicas avanzadas de metalurgia y simboliza el estatus de la élite guerrera. Kiev, Ucrania, 3 de enero de 2025 © MisterTigga | Dreamstime.com

Un estudio de ADN antiguo sugiere que las élites escitas no solo destacaban por sus tumbas monumentales, armas y objetos de oro, sino también por una organización social basada en redes familiares cerradas. La investigación revela que el poder entre los escitas de la Edad de Hierro pudo transmitirse dentro de linajes dinásticos durante generaciones.

Los escitas fueron pueblos nómadas guerreros que dominaron amplias zonas de la estepa euroasiática entre los siglos VII y III antes de Cristo. Su fama estuvo ligada a la guerra a caballo, a los grandes túmulos funerarios llamados kurganes y a entierros de élite con oro, animales sacrificados, armas y objetos de gran valor simbólico.

Durante mucho tiempo, esas diferencias funerarias fueron interpretadas como señales de desigualdad social. Pero quedaba una pregunta clave: si el estatus de élite se ganaba por prestigio, riqueza o habilidad militar, o si se heredaba dentro de familias poderosas.

Para responderla, un equipo internacional liderado por Ayshin Ghalichi, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, analizó el ADN de 85 individuos enterrados en 21 yacimientos de Kazajistán y Rusia entre los años 900 y 200 antes de Cristo. El grupo incluyó 38 personas de élite y 47 de menor estatus.

Los resultados, publicados en Science Advances, muestran que las élites escitas tenían mayor parentesco entre sí, incluso cuando estaban enterradas en cementerios distintos y separados por más de 100 kilómetros. También presentaban menor diversidad genética y señales de uniones entre parientes, lo que apunta a redes familiares cerradas.

La investigación incluyó al famoso “Hombre de Oro”, una de las figuras arqueológicas más emblemáticas de Asia Central, descubierto en los kurganes de Issyk, en Kazajistán. El análisis genético confirmó que se trataba de un varón y que su perfil pertenece a la cultura saka de la Edad de Hierro.

El Hombre de Oro fue enterrado con un ajuar excepcional, compuesto por más de 4.000 ornamentos de oro, armas, un tocado bordado, motivos animales y un cuenco de plata con inscripciones desconocidas. Su tumba ya era vista como símbolo de poder, pero ahora el ADN aporta una capa más precisa sobre su identidad biológica y cultural.

Uno de los hallazgos más llamativos es que los individuos de alto estatus estaban más emparentados entre sí que con personas de menor estatus enterradas en los mismos lugares. Para los investigadores, esto sugiere que la autoridad política no dependía únicamente del prestigio individual, sino de conexiones familiares extendidas.

El estudio también encontró relaciones de parentesco estrechas, como posibles vínculos entre abuelos y nietos, hermanos o padres e hijos, en distintos cementerios. Esa evidencia respalda la idea de que las élites escitas mantenían el poder mediante alianzas familiares amplias, no solo dentro de una comunidad local.

Otro punto relevante es la presencia de mujeres de élite. Casi la mitad de los individuos de alto estatus analizados eran mujeres, lo que indica que ellas también ocupaban posiciones importantes dentro de la sociedad escita. Sus entierros ricos, junto con la evidencia genética, muestran que el poder y el prestigio no estaban reservados exclusivamente a los hombres.

Los investigadores no hallaron pruebas claras de que la residencia de las élites siguiera un patrón estrictamente masculino o femenino, como vivir cerca de la familia del esposo o de la esposa. Eso sugiere una organización social más compleja de lo esperado, donde el parentesco, el estatus y la autoridad política se cruzaban de varias formas.

El estudio no solo ayuda a entender a los escitas. También muestra cómo el ADN antiguo puede revelar estructuras sociales que no siempre son visibles en los objetos arqueológicos. Las tumbas muestran riqueza, pero los genomas permiten rastrear quiénes estaban conectados, cómo se transmitía el poder y qué papel podían tener hombres y mujeres dentro de esas redes.

La imagen que emerge es la de una sociedad nómada más organizada de lo que se pensaba. Lejos de ser grupos dispersos sin jerarquías claras, los escitas parecen haber desarrollado élites familiares capaces de sostener autoridad política a través de grandes distancias.

El ADN no reemplaza a la arqueología, pero sí la completa. En este caso, convierte los kurganes en algo más que monumentos funerarios: los muestra como señales de una estructura social en la que la sangre, el poder y el prestigio estaban profundamente conectados.

El Especialito

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