Your existing Google Tag Manager code stays here
Home/El Secreto de la Mansión/Codicia y Traición: CAPÍTULO I : El Vals de las Apariencias

Codicia y Traición: CAPÍTULO I : El Vals de las Apariencias

Facebook
Twitter
Pinterest

La ciudad de Santa María de la Antigua amaneció bajo un manto de neblina que apenas dejaba distinguir las cúpulas de las iglesias. Pero dentro de la casona de los De la Vega, el aire vibraba con una agitación febril. Esa noche, el Virrey honraría con su presencia el baile anual, y para Don Cipriano De la Vega, no era una fiesta: era una transacción.

Entiéndelo bien, Isabel, sentenció Don Cipriano, mientras ajustaba con brusquedad el puño de su casaca bordada en oro. Los Aguilar tienen los barcos, nosotros tenemos las minas. Si no te desposas con el joven Luis Aguilar, nuestra hegemonía sobre el comercio de ultramar se hundirá como un galeón lastrado.

Isabel, frente al espejo, no veía su propia belleza, sino una jaula de seda y encaje. Sus ojos, sin embargo, guardaban un fuego que su padre no sabía leer. El amor no se negocia en los puertos, padre, susurró ella. En esta casa no se habla de amor, se habla de supervivencia, sentenció él antes de salir de la habitación.

Al caer la noche, la mansión se iluminó con mil bujías. Las familias más poderosas cruzaron el umbral: los Mendoza, con sus capas negras y rostros severos; los Valenzuela, caminando con la barbilla en alto pese a que sus finanzas estaban en ruinas; y finalmente, los Aguilar, que entraron al salón con la seguridad de quien sabe que el mar entero les pertenece.

La orquesta comenzó un vals. Fue entonces cuando las miradas se cruzaron. En un rincón del salón, Julián, el hijo menor de los Aguilar, aquel que prefería los libros a las cuentas de embarque, observó a Isabel. No hubo palabras, sólo el magnetismo de lo prohibido.

Mientras Don Cipriano y el patriarca Aguilar brindaban con vino de jerez por un contrato matrimonial que sellaba el destino de sus hijos, Julián se acercó a Isabel entre la multitud.

Dicen que el oro de vuestras minas es el más puro del reino, dijo él en voz baja. Dicen que los Aguilar sólo valoran lo que pueden vender, respondió ella con amargura. Yo no soy un mercader, Isabel. Sólo soy un hombre que sabe que este vals es el principio de nuestra ruina… o de nuestra libertad.

El primer roce de sus manos fue eléctrico, un acto de rebeldía en un salón lleno de buitres. Pero la deslealtad ya estaba sembrada. En una habitación contigua, el propio hermano de Isabel, cegado por la ambición de ser el único heredero, entregaba una nota a un mensajero de los Mendoza.

Justo cuando Julián e Isabel se perdían en el ritmo de la música, un grito ahogado interrumpió la fiesta. Un oficial de la guardia entró al salón con una orden sellada.

Don Cipriano De la Vega, anunció el oficial con voz de trueno, queda usted bajo arresto por alta traición a la Corona.

El pánico se apoderó del salón. Isabel sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies. Miró a Julián, buscando protección, pero vio cómo el padre de este, el viejo Aguilar, se apartaba de ellos con una sonrisa gélida. La alianza se había roto antes de empezar.

¿Quién traicionó a los De la Vega? ¿Es Julián parte del plan de su familia para quedarse con las minas, o es su amor la única verdad en una noche de mentiras?

No te pierdas el Capítulo 2: “Pactos de Sangre y Sombra”, donde la ambición de las familias comienza a despedazar los planes de los amantes y se revela la primera gran deslealtad.

Hector Gonzalez

Hector Gonzalez

What to read next...

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *