El asesinato descubierto por un tiburón parece una historia inventada para una novela policial, pero ocurrió realmente en Australia y se convirtió en uno de los casos criminales más insólitos del siglo XX.
Todo comenzó el 25 de abril de 1935 en el acuario Coogee Aquarium Baths, en Sídney. Ese día, un tiburón tigre de aproximadamente cuatro metros había sido capturado por pescadores y exhibido como una nueva atracción para los visitantes.
Horas después, ante decenas de personas, el animal comenzó a comportarse de manera extraña. De repente, vomitó varios objetos, entre ellos un brazo humano parcialmente intacto.
La noticia causó conmoción inmediata.
Al principio, las autoridades pensaron que se trataba de una víctima de ataque de tiburón. Sin embargo, una inspección más detallada reveló algo inesperado: el brazo había sido cortado limpiamente con una herramienta afilada. No había sido arrancado por el animal.
La investigación tomó un giro aún más sorprendente cuando los detectives identificaron a la víctima gracias a un tatuaje y a las huellas dactilares que aún podían obtenerse del brazo. Pertenecía a James Smith, un exboxeador y pequeño delincuente vinculado al ambiente criminal de Sídney.
El asesinato descubierto por un tiburón se convirtió rápidamente en una compleja investigación sobre fraude, extorsión y crimen organizado. Los detectives descubrieron que Smith había estado colaborando con la policía y mantenía contactos con figuras del bajo mundo australiano.
Las pesquisas apuntaron hacia Patrick Brady y Reginald Holmes, dos hombres relacionados con actividades ilegales. Sin embargo, cuando el caso parecía avanzar, ocurrieron nuevos acontecimientos dignos de una película.
Holmes fue encontrado muerto después de haber intentado huir de la policía. Brady fue llevado a juicio, pero la acusación enfrentó un problema inesperado: nunca apareció el resto del cuerpo de la víctima.
Sin un cadáver completo y con pruebas limitadas, el proceso judicial terminó sin una condena definitiva. Técnicamente, el crimen nunca fue resuelto por completo.
A pesar de ello, el asesinato descubierto por un tiburón pasó a la historia como uno de los casos más extraños jamás investigados en Australia. No fue el tiburón quien mató a la víctima, como muchos creen, sino quien proporcionó accidentalmente la evidencia clave que permitió descubrir que había ocurrido un homicidio.
Noventa años después, el misterio sigue fascinando a criminólogos e historiadores. Después de todo, no todos los días un tiburón aparece como testigo involuntario en una investigación por asesinato.