Imagina trabajar ocho o diez horas al día mientras alguien te lee El Conde de Montecristo, Don Quijote o las noticias más importantes del mundo. Aunque parezca una idea moderna para hacer más llevaderas las jornadas laborales, durante décadas fue un oficio completamente real.
Los lectores de fábrica surgieron a mediados del siglo XIX, especialmente en las fábricas de tabaco de Cuba y España. Su trabajo consistía en leer en voz alta mientras los obreros elaboraban cigarros de manera completamente manual.
Cada mañana comenzaban con los periódicos.
Los trabajadores escuchaban noticias nacionales e internacionales, información política y acontecimientos importantes. Después del almuerzo llegaba el momento favorito de muchos: las novelas.
Los lectores de fábrica daban vida a las historias interpretando personajes, cambiando el tono de voz y manteniendo la atención de cientos de personas durante horas. Muchos obreros esperaban con ansiedad el siguiente capítulo, igual que hoy alguien espera el estreno de una nueva serie.
Lo más curioso es que los propios trabajadores solían pagar el salario del lector mediante pequeñas aportaciones semanales. De esa forma, ellos mismos elegían qué libros querían escuchar.
Gracias a esta tradición, muchos obreros aprendieron sobre literatura, historia y política sin haber recibido educación formal. Algunos historiadores consideran que los lectores contribuyeron a aumentar el nivel cultural y el pensamiento crítico dentro de las fábricas.
Incluso existe una curiosidad muy conocida.
Se cree que la famosa marca de puros Montecristo recibió su nombre porque la novela El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, era una de las favoritas entre los trabajadores de las fábricas de tabaco cubanas.
Con la llegada de la radio y, posteriormente, de otros medios de comunicación, el oficio comenzó a desaparecer en muchos lugares. Sin embargo, en algunas fábricas de puros de Cuba la tradición continúa viva hasta nuestros días.
En 2022, la UNESCO reconoció los conocimientos y prácticas tradicionales relacionados con la elaboración artesanal del tabaco cubano, una tradición que incluye la figura del lector de fábrica.
Los lectores de fábrica demostraron que un libro podía acompañar una jornada de trabajo entera y que, mucho antes de los audiolibros y los pódcast, ya existían personas cuya profesión consistía en contar historias para que otros las escucharan mientras trabajaban.