Mucho antes de que las calles se iluminaran automáticamente con solo presionar un interruptor, existía un trabajo esencial para la vida urbana: los encendedores de faroles.
Cada tarde, cuando comenzaba a caer el sol, estos trabajadores recorrían kilómetros de calles encendiendo uno por uno los faroles de gas que iluminaban las ciudades. Al amanecer repetían el recorrido, esta vez para apagarlos.
El oficio apareció a comienzos del siglo XIX, cuando el alumbrado público a gas comenzó a expandirse por Europa y Norteamérica. Grandes ciudades como Londres, París y Nueva York dependían completamente de estos trabajadores para mantener iluminadas sus calles durante la noche.
Los encendedores de faroles utilizaban una larga vara con una pequeña llama o mecanismo de ignición en la punta para abrir el farol y encender el gas. Además de prender las luces, también revisaban que las lámparas funcionaran correctamente, limpiaban los cristales, reemplazaban piezas dañadas y, en muchos casos, rellenaban el combustible o realizaban pequeñas reparaciones.
Su trabajo debía hacerse con absoluta puntualidad.
Si un farol quedaba apagado, una calle podía permanecer completamente oscura durante toda la noche, aumentando el riesgo de accidentes y delitos. Por eso, muchos ciudadanos conocían perfectamente la hora en que el encendedor pasaría frente a sus casas.
Aunque solemos asociar este oficio con un pasado muy lejano, los encendedores de faroles continuaron existiendo incluso después de la llegada de la electricidad. Durante décadas, muchas ciudades mantuvieron sistemas de alumbrado a gas mientras modernizaban su infraestructura.
Con el avance de las farolas eléctricas y los sistemas automáticos de encendido, la profesión fue desapareciendo poco a poco durante el siglo XX. Sin embargo, algunos lugares conservaron el oficio por tradición.
En barrios históricos de ciudades como Londres todavía existen faroles de gas que son encendidos manualmente por trabajadores especializados. Allí, el oficio sobrevive más como patrimonio cultural que como una necesidad tecnológica.
Los encendedores de faroles representan una época en la que iluminar una ciudad requería miles de pasos cada noche y una enorme dedicación humana. Hoy basta un sensor o un temporizador. Hace poco más de un siglo, era una persona quien llevaba la luz de esquina en esquina.