El pebre chileno no se cocina, se arma. Es una salsa nacida del gesto rápido, del picado a mano y de ingredientes que no necesitan fuego para expresarse. En Chile, el pebre aparece antes que el plato principal. Se pone en la mesa con pan, se comparte, se ajusta al gusto de cada casa. No hay una sola versión, pero todas parten del mismo principio. Frescura, acidez y picante bien medido.
Más que una salsa, el pebre es una costumbre. Acompaña asados, empanadas, papas cocidas o simplemente un trozo de pan crujiente. Se prepara en minutos y se consume igual de rápido, pero deja una impresión clara. Nada está ahí por accidente.
Ingredientes
- 3 tomates maduros, picados en cubos pequeños
- 1 cebolla blanca o morada pequeña, picada muy fina
- 1 ají verde o ají cacho de cabra, picado fino
- 2 cucharadas de cilantro fresco picado
- Jugo de 1 limón
- 2 cucharadas de aceite vegetal u oliva suave
- Sal al gusto
Preparación
- Coloca los tomates picados en un bol y escúrrelos ligeramente si tienen mucho jugo.
- Añade la cebolla y el ají picado. Mezcla bien.
- Incorpora el cilantro fresco.
- Agrega el jugo de limón, el aceite y la sal.
- Mezcla suavemente y prueba. Ajusta acidez, sal o picante según tu gusto.
- Deja reposar unos minutos antes de servir para que los sabores se integren.
Consejos útiles
- El picado fino es clave. El pebre no debe tener trozos grandes.
- Si la cebolla está muy fuerte, puedes enjuagarla brevemente con agua fría y secarla bien.
- El equilibrio entre limón y ají define el carácter. Ajusta poco a poco.
- Se consume fresco. No es una salsa para guardar varios días.
El pebre chileno se sirve sin instrucciones y sin protagonismo forzado. Está ahí para acompañar, para abrir el apetito y para recordarle a la mesa que lo simple, cuando está bien hecho, nunca pasa desapercibido.










