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El secreto de la mansión – Capítulo 10 – Parte 2

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Novela semanal publicada en el periódico El Especialito.
Los capítulos más recientes se leen primero en la edición impresa.
Las partes anteriores están disponibles en nuestro sitio web.

En El secreto de la mansión capítulo 10 parte 2, Harrow reclama su verdadero linaje para romper el pacto, desatando una transformación irreversible en Ravenscroft Hall. La segunda parte del capítulo 10 se publicó en El Especialito el 27 de febrero.

Por: Isis Sánchez / El Especialito

Harrow dio un paso al frente.

Entonces dime cómo detenerlo.

Elisa lo miró con compasión.

La casa pertenece al nombre del primero. Pero el primer Ashcroft fue un Whitford. Si reclamas ese nombre, el pacto se romperá.

Lady Ashcroft gritó:

¡No! ¡Eso destruirá todo lo que somos!

El viento rugió. Las paredes comenzaron a resquebrajarse.

Eleanor sostuvo la mano de Harrow.

Hazlo, susurró. Acaba con esto.

Harrow cerró los ojos.

Su voz resonó en toda la mansión, firme y quebrada a la vez:

No soy Harrow Ashcroft. Soy Edward Whitford, el hijo ilegítimo fuera del matrimonio de mi padre, heredero del primero.

Un trueno estalló en lo alto.

Lady Ashcroft lanzó un grito que se desvaneció entre ecos.

Eleanor…, susurró.

No dejes que se repita.

Elisa… ¿estás viva?, sollozó la joven, avanzando.

No. Pero aún puedo elegir. Ravenscroft me guarda… como a todos los que murieron por su culpa.

El fuego de las velas se extinguió, y una ráfaga de luz blanca los envolvió.

El suelo tembló bajo sus pies. Los retratos de los antiguos Ashcroft vibraron en las paredes, como si sus ojos despertaran a la verdad.

De las grietas del salón brotó un resplandor anaranjado, más luminoso que el fuego, más frío que la luna. Era como si la propia casa exhalara siglos de dolor.

Lady Ashcroft retrocedió, su figura deformada por la luz.

¡No! No puedes ser él. No puedes reclamar lo que fue mío.

Edward dio un paso al frente, con la mirada fija en ella.

Nada fue tuyo. Solo guardabas lo que me fue arrebatado.

La ráfaga creció, envolviéndolos en un torbellino de polvo y ceniza. Las cortinas ardieron sin llama visible, las maderas crujieron, el aire olía a hierro y a tierra húmeda.

El retrato del primer Ashcroft se desprendió del muro y cayó entre ellos, partiéndose en dos.

Lady Ashcroft lanzó un alarido, y la luz la tragó.

Un instante después, el silencio fue total.

Edward cayó de rodillas. A su alrededor, el fuego, si podía llamarse fuego, se extinguía, dejando solo brasas y una niebla dorada.

Las sombras se recogieron hacia el techo, como si la mansión respirara aliviada.

Entre el humo apareció la figura temblorosa de Eleanor. Su rostro estaba tiznado, pero sus ojos, lúcidos.

Señor…, dijo con voz quebrada. La galería está a salvo. Los demás cuartos… también. Solo este lugar…

Edward la miró, sin fuerzas para responder.

El eco del trueno se desvanecía en la distancia. Afuera, la lluvia comenzaba a caer sobre los restos del salón, apagando lo poco que quedaba encendido.

Eleanor se acercó y cubrió sus hombros con una manta chamuscada.

Ha terminado, señor, murmuró. Al fin ha terminado.

Edward alzó la vista. A través del techo abierto, vio un resplandor gris en el cielo.

No, susurró. Solo acaba de despertar lo que siempre estuvo dormido.

Y en las profundidades de la casa, muy lejos de aquel salón devastado, un leve crujido respondió… como un suspiro antiguo que volvía a respirar.

La tormenta había cesado, dejando tras de sí un silencio espeso, casi sagrado.

El aire olía a madera mojada, a cera derretida y a humo.

Edward se incorporó con dificultad. Las llamas del salón se habían extinguido por completo, dejando un círculo ennegrecido en el suelo, justo donde Lady Ashcroft había estado de pie.

Ningún resto, ningún cuerpo… solo una ceniza fina que brillaba débilmente bajo la luz del amanecer.

Eleanor lo ayudó a levantarse.

Debe salir un momento, señor. El aire aquí dentro está pesado.

Cruzaron el umbral del salón y avanzaron por los corredores. La mansión parecía distinta.

Las paredes ya no susurraban, y la luz, pálida y trémula, se filtraba por los ventanales sin ese tono sepulcral que la había envuelto durante siglos.

Pero los relojes… los relojes seguían marcando las doce.

Cada campanada sonaba igual que antes del desastre: lenta, suspendida en el aire, como si el tiempo mismo se negara a avanzar.

Escuche, dijo ella en voz apagada. No se mueven, señor.

Edward se detuvo frente al gran reloj de pie del corredor. Las agujas permanecían unidas en el mismo punto, inmóviles y, sin embargo, el péndulo seguía oscilando.

Es imposible…, murmuró.

Un temblor recorrió el suelo.

No era un terremoto, sino algo más leve, casi imperceptible… un suspiro.

Las velas que aún resistían parpadearon, proyectando sombras que se deslizaban por los retratos, como si los antiguos Ashcroft volvieran a observarlos desde su encierro dorado.

Llegaron al vestíbulo. El mármol estaba cubierto de polvo y hollín, pero intacto.

El tapiz con el cuervo y la llave seguía colgado, aunque su color parecía más pálido, como si una parte de la historia se hubiera borrado con la noche.

El Especialito

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