El accidente radiactivo de Goiânia es uno de los desastres nucleares más extraños y trágicos de la historia. Todo comenzó el 13 de septiembre de 1987 en la ciudad brasileña de Goiânia, cuando dos recolectores de chatarra entraron en un hospital abandonado en busca de metal que pudieran vender.
Dentro del edificio encontraron una máquina de radioterapia olvidada. Pensando que contenía piezas valiosas, desmontaron parte del equipo y se llevaron un cilindro metálico pesado a un depósito de chatarra cercano.
El propietario del lugar, Devair Ferreira, logró abrir el contenedor. En su interior descubrió un polvo brillante de color azul que emitía un resplandor fascinante en la oscuridad. Se trataba de cloruro de cesio-137, un material altamente radiactivo utilizado en tratamientos médicos contra el cáncer.
Sin comprender el peligro, Ferreira llevó el material a su casa y comenzó a mostrarlo a familiares y vecinos. El brillo del polvo parecía casi mágico. Algunas personas lo tocaron y otras lo esparcieron sobre la piel como si fuera maquillaje festivo.
Así comenzó el accidente radiactivo de Goiânia, una cadena de exposición que pronto provocó síntomas alarmantes. Varias personas empezaron a sufrir náuseas intensas, mareos y quemaduras graves en la piel.
Entre las víctimas se encontraba Leide das Neves Ferreira, una niña de seis años que estuvo en contacto con el material y llegó a ingerir pequeñas cantidades mientras comía. Su estado se deterioró rápidamente.
En cuestión de días, más de 240 personas habían estado expuestas a la radiación. Cuando los médicos identificaron el origen del problema, las autoridades iniciaron una operación masiva de emergencia para contener la contaminación.
La niña murió menos de un mes después. Su funeral requirió un ataúd revestido con plomo que pesaba más de 600 kilos para evitar que la radiación contaminara el suelo.
El accidente radiactivo de Goiânia obligó a evacuar barrios completos. Varias casas fueron demolidas y toneladas de tierra contaminada fueron retiradas para evitar que la radiación siguiera propagándose.
Aunque no fue una explosión nuclear ni un accidente en una planta de energía, el desastre se convirtió en uno de los peores incidentes radiológicos registrados en el mundo. La tragedia demostró cómo un objeto aparentemente inofensivo puede convertirse en una amenaza mortal cuando materiales nucleares quedan fuera de control.
Décadas después, Goiânia sigue siendo un recordatorio inquietante de los riesgos que pueden surgir cuando la tecnología peligrosa se abandona sin supervisión.










