Un nuevo estudio internacional apunta a que las corrientes del Atlántico Norte tuvieron un papel clave en la transformación de las edades de hielo hace cerca de un millón de años. La investigación sugiere que el debilitamiento de la circulación profunda del océano ayudó a crear glaciaciones más largas, frías e intensas.
El trabajo, publicado en la revista Nature Communications, fue impulsado por la red científica global PAGES, siglas de Past Global Changes. En el proyecto participa el Grupo de Geociencias Oceánicas de la Universidad de Salamanca, junto con investigadores coordinados desde la Universidad de Berna, en Suiza.
La investigación busca entender por qué los ciclos climáticos de la Tierra cambiaron de forma tan marcada durante el Pleistoceno medio. Antes de esa transición, las glaciaciones eran más cortas y seguían ciclos aproximados de 41,000 años. Después, los periodos glaciales se volvieron más largos y más intensos, con ciclos cercanos a los 100,000 años.
Corrientes del Atlántico Norte y oxígeno en las profundidades
Para reconstruir lo ocurrido, los científicos analizaron sedimentos marinos del Programa Internacional de Perforación Oceánica. En particular, estudiaron registros del Atlántico Norte, al sur de Islandia, recuperados a unos 3,000 metros de profundidad.
Estos sedimentos funcionan como un archivo natural del clima. Durante cientos de miles de años, partículas del agua de mar y microfósiles se depositan capa por capa en el fondo oceánico. Allí quedan señales sobre temperatura, oxígeno y otros cambios ambientales.
Según la Universidad de Salamanca, los investigadores usaron indicadores geoquímicos sensibles al oxígeno, como manganeso y fósforo. También analizaron foraminíferos bentónicos, microorganismos fósiles que vivieron en el fondo marino.
Los resultados muestran que las profundidades del Atlántico Norte pasaron repetidamente por fases frías y con muy poco oxígeno. Este hallazgo sorprendió a los científicos, porque hoy esa región se considera bien ventilada por la circulación oceánica.
Agua dulce, hielo y un océano más lento
La explicación principal está relacionada con el deshielo. Durante las glaciaciones, grandes cantidades de agua dulce procedentes de glaciares e icebergs llegaron al Atlántico Norte.
Esa agua dulce, más ligera que el agua salada, estabilizó la capa superior del océano. Como resultado, se debilitó la formación de aguas profundas que normalmente transportan oxígeno hacia el fondo marino.
Cuando esa circulación se ralentizó, el océano profundo retuvo más carbono disuelto. Menos CO2 pudo regresar a la superficie y escapar hacia la atmósfera. Esa reducción del CO2 atmosférico favoreció un mayor enfriamiento global y la expansión de las capas de hielo.
Entre hace aproximadamente 940,000 y 870,000 años, este proceso habría contribuido a intensificar las glaciaciones del hemisferio norte. El Atlántico Norte, junto con el Océano Austral, aparece así como una región clave para entender ese cambio climático antiguo.
Por qué importa para el presente
El estudio no afirma que el planeta actual vaya hacia una nueva edad de hielo. De hecho, el contexto moderno es distinto, porque el calentamiento global actual está impulsado principalmente por emisiones humanas de gases de efecto invernadero.
Sin embargo, la investigación sí deja una advertencia importante. Los modelos climáticos proyectan que la circulación del Atlántico podría debilitarse por el calentamiento global y por el aporte de agua dulce del deshielo de Groenlandia.
Iván Hernández-Almeida, autor principal del estudio y responsable científico de PAGES en la Universidad de Berna, señaló que incluso en fases mucho más frías de la Tierra, cambios en el aporte de agua dulce fueron suficientes para alterar el transporte de agua hacia las profundidades del Atlántico Norte.
Ese punto preocupa a los científicos. Las corrientes del Atlántico Norte ayudan a distribuir calor, oxígeno y carbono en el planeta. Si se debilitan, pueden alterar el clima regional, afectar ecosistemas marinos y modificar la capacidad del océano para almacenar carbono.
La lección del pasado es clara: el océano no responde de forma simple ni inmediata. Sus cambios pueden tardar miles de años, pero también pueden reorganizar el clima del planeta de manera profunda.
Por eso, estudiar sedimentos antiguos no es solo mirar hacia atrás. Es una forma de entender los límites de un sistema climático que hoy vuelve a estar bajo presión. El Atlántico Norte ya cambió el rumbo de las edades de hielo una vez. Saber cómo ocurrió puede ayudar a medir mejor los riesgos del calentamiento actual.