El baloncesto está de luto.
José Rafael “Piculín” Ortiz, una de las figuras más grandes en la historia del deporte puertorriqueño, falleció este martes a los 62 años tras una larga batalla contra el cáncer colorrectal. Su partida deja un vacío que trasciende generaciones, equipos y fronteras.
Fue pionero. Fue referente. Y fue inspiración.
Piculín no solo marcó una época en España con equipos como el Zaragoza, Real Madrid, Barça y Unicaja, también hizo historia al convertirse en el primer puertorriqueño en jugar en la NBA y en uno de los pocos en entrar al Salón de la Fama de la FIBA en 2019.
Los mensajes no tardaron en llegar.
La Liga Endesa lo definió como una “leyenda del baloncesto”, mientras que Zaragoza recordó que fue parte de “una época inolvidable”. Real Madrid, Barça y Unicaja también expresaron su pesar por la pérdida de un jugador que dejó huella en cada camiseta que vistió.
Pero quizás el mensaje más fuerte llegó desde su tierra.
Puerto Rico no solo despide a un atleta. Despide a un símbolo.
Un jugador que llevó su bandera con orgullo, que abrió puertas y que inspiró a generaciones enteras a soñar en grande.
Su legado no se queda en los números ni en los títulos.
Se queda en cada cancha donde alguien decidió jugar baloncesto porque vio a Piculín hacerlo primero.










