En plena era del streaming, donde los números mandan, los Latin Grammy quieren jugar bajo otras reglas.
“No es un concurso de popularidad ni de ventas”, deja claro Manuel Abud, CEO de la Academia Latina de la Grabación. “Es un reconocimiento a la excelencia musical”.
La postura no es menor. Hoy, el éxito de una canción suele medirse en reproducciones, tendencias y rankings. Pero para los Latin Grammy, ese ruido no define quién gana.
El proceso, explica Abud, está en manos de unos 7.000 profesionales de la industria, desde artistas hasta ingenieros de sonido, que votan en dos rondas tras evaluar cerca de 20.000 candidaturas al año. Es un sistema más lento, sí, pero diseñado para premiar criterio, no algoritmos.
Ese enfoque ha tenido fricciones, especialmente con el auge de la música urbana. Hubo críticas públicas, incluso llamados al boicot. Pero, según Abud, esa etapa quedó atrás.
“Hoy estamos en muy buenos términos con la comunidad urbana”, asegura.
Mientras tanto, los premios evolucionan. Buscan audiencias más amplias, mayor presencia digital y seguir creciendo fuera de Estados Unidos, como ya ocurrió con la edición en Sevilla en 2023.
Pero hay una línea que no piensan cruzar.
La inteligencia artificial, por ejemplo, ya forma parte del proceso creativo. La Academia lo acepta, pero con límites claros: puede ayudar, no reemplazar.
“Lo importante es que haya una contribución humana significativa”, subraya Abud.
En una industria que cambia cada semana, los Latin Grammy intentan sostener algo cada vez más raro: un estándar.